lunes, 5 de agosto de 2019




Esta noche he llorado. Hemos asistido a la representación del teatro, hemos vivido el entusiasmo con que lo hacen, la profesionalidad de alguna interpretación. Después me he subido hasta la explanada de la iglesia y he disfrudo de los fuegos artificiales. Al final mis ojos se han llenado de pequeñas lágrimas a la vez que me he sentido orgulloso de mi procedencia, de mi gente, de su entusiasmo por Topares, de haber nacido aquí.
Para colmo, me he venido a mi casa y a través de los balcones, mientras trabajaba en estas reflexiones, escucho un diálogo de mayores, intrigado me acerco al balcón a observar los interlocutores y me encuentro que son dos pequeños mozalbetes, al momento comprendo que Topares es algo especial.
La imagen puede contener: fuegos artificiales, noche, cielo y exterior
                                                             Con el permiso de Javier Cano











domingo, 14 de julio de 2019

La noche de las migas


En las pasadas fiestas de San Isidro se inauguró una alegoría de la noche de las migas, con la intención, según los promotores, de homenajear a esa noche mágica y buscar algo que nos distinga ante los demás. Conscientemente he dejado pasar el tiempo antes de escribir este post y ahora creo que puede ser buen momento para hacerlo.
Desde hace tiempo considero que la noche de las migas es uno de los momentos del año más importantes para los topareños, particularmente la llamo “la noche de los reencuentros”, la razón es que es muy difícil dar con un año que no vuelva alguien, algún topareño que se fue antaño, vecinos y familias que vuelven a la tierra añorada, el retorno de risas entrañables, la recuperación de recuerdos adormecidos que nos permiten volver a sentir sensaciones y sentimientos de otros tiempos.
Todo en un corto espacio de tiempo y un lugar acotado creándose un entorno de hogueras festivas que llenan de calidez la noche veraniega

Las cosas no tienen por qué tener explicación, pero yo en esos momentos me siento orgulloso de haber nacido en Topares y presiento que son muchos más los que notan la misma impresión y, a la vez, sentimos orgullo cuando los visitantes se acercan a nuestra hoguera para catar las migas. Orgullo por demostrar nuestra hospitalidad, recuerdo como Antonio López en su pregón nos decía que “Topares es hospitalario”, y satisfacción cuando nos halagan el producto.
Esa noche me encanta recorrer, medio de incógnito, los diferentes corrillos, saludando a unos y a otros y por supuesto, participar haciendo mi propia sartén, que las hago, disfrutando de esas pequeñas visitas, que me digan algo mientras afanosamente meto la cuchara o les doy la vuelta. Toda esa convivencia nos revela señales de ese afecto colectivo que nos marca como pueblo.

El conjunto está ideado en torno a los utensilios necesarios para las migas: La silla del miguero, la sartén, la cuchara, la rasera las tenazas para atizar o aminorar el fuego, las trébedes… todo como si fuera, como dicen ahora, un kit completo. Ha sido elaborado, con mimo y profesionalidad por Ramón Cabrera, hijo de Nico y nieto de Fernando Cabrera y Feliciana, al que quiero felicitar por su elegante trabajo.

Tras la procesión llegó el emotivo momento de su inauguración. Antes, ya es hora de aclarar que, todo parte de la iniciativa de un grupo social surgido haces pocos años en Topares, se han dado en llamar algo así como los de los cincuenta y tantos y, hay que reconocerles una ilusión por desarrollar actividades en el pueblo encomiable, siendo de agradecer su esfuerzo y aportación a la vida del pueblo, deseando que continúen muchos años en la lucha. Así tras unas palabras del presidente y varios miembros del mencionado grupo, el monumento fue inaugurado por nuestro alcalde Fidel Gómez. Fue un instante que para mí y para muchos más topareños estuvo cargado de una emoción especial. En ese momento se hizo realidad Topares como pueblo, con vida propia, por y para Topares, unidos como pueblo, con nuestra propia naturaleza.
Fue, como topareño, uno de los momentos más emocionantes vividos, hasta el punto de sentir como reverdece el pueblo, que entra en una nueva primavera que me llena de esperanza, que vuelva a ser el de siempre, o mejor como dice la antigua canción: “Que Topares ya no es Topares, que es un pequeño Madrid…”



miércoles, 5 de junio de 2019

Mayo 2








Las dos fotos separadas en el tiempo guardan una extraordinaria relación. En la más antigua aparecen mi abuelo Vidal y Juan el Carrero.
Mi abuelo era de profundas convicciones religiosas, en aquellos lejanos años era de los pocos hombres que comulgaba con asiduidad, lo frecuente era que los hombres lo hicieran solo por semana santa o en alguna ocasión muy importante. Siempre estuvo muy relacionado con la Hermandad de Animas y durante muchos años fue su secretario, y le encantaba poner orden en las procesiones, que las filas fueran perfectas y que nadie alterara el desarrollo de la misma. Más de una vez me comentan, como un dicho, que desde que falta Vidal no ha salido una procesión, en el pueblo, ordenada.





Situándonos en el momento actual, el año pasado su hijo, mi tío Daniel prometió unas andas nuevas al santo y así este año se han estrenado en la procesión. Durante toda la tarde se mostró emocionado, acompañado de parte de sus hermanos y no he podido evitar unir las emociones como si pudieran volar en el tiempo. Imaginar la emoción que hubiera sentido mi abuelo de poder estar presente en ese momento, satisfecho de su obra, orgulloso de la aportación de su hijo y, aunque era hombre poco dado a expresar públicamente sus entusiasmos, seguro que hubiera sido una gran ocasión para verlo emocionado a lo largo de tarde.




Finalmente, que acciones como esta y la de la inauguración del monumento a las migas, nos muestran que Topares no se rinde y que sigue vivo a pesar de los difíciles momentos que viven las poblaciones rurales. ¡A seguir luchando!

martes, 28 de mayo de 2019

Mayo 1

Topares engalanado por la primavera


Como cada año al llegar mayo, San Isidro recorre los campos de Topares para que la cosecha colme las ilusiones de los agricultores.
San Isidro, como no podía ser menos, es el patrón de Topares, pues es conocido el dicho de que “eres más de campo que San Isidro” y todo el campo topareño es una inmensa alfombra aterciopelada de intensos verdes en toda una gama a la que da forma las cebadas, los trigos, las avenas y todas esas hierbas que, con su espontaneidad, a la llamada de la primavera, cubren nuestros ribazos y linderos. Todo junto provoca una explosión de color que te alegra el alma y te llenan de serenidad.


La población rural disminuye con alevosía, llegar las fiestas y ver el pueblo semivacío desconsuela. Entonces piensas en los que permanecen en él todo el año, en esos días que un entorno de soledad sobrecogedor les envuelva, la fuerza que hay que tener para aguantar así día tras día, para no cansarse y, pacientemente, esperar ese momento de compartir conversación y amistad con los demás vecinos, en unos encuentros que cada vez se distancian más.


Te hace recordar otros tiempos, en que estas fiestas eran atrayentes para toda una comarca y sus calles se llenaban de personas, propias y visitantes.
Grandes tiradas al plato, bailes, concursos de tractoristas, reinas de las fiestas, corridas de cintas, comidas participativas, colchonetas, tanto bullicio que ahora nos cuesta trabajo recordad un pueblo lleno de vecinos, ruidoso y fiestero.
Grandes filas en la procesión, con solemnidad, alineadas, entradas del santo peleadas, queriendo, cada uno, manifestar su progreso, su posición, engalanados con las mejores ropas, llenos de juventud, de infantes, de personas mayores y menores, todo el pueblo lleno de vida.


Pero siempre, en todos nosotros, permanecerá la tierra, sus colores y olores, que año tras año, nos proporciona la fuerza y la ilusión para sentirnos orgullosos de la misma y que al salir para regresar a nuestros lugares trabajo ya estamos pensando en cuándo será el próximo regreso.

Y siempre, siempre, nuestro cerro Gordo vigilante, protegiéndonos de todos los espíritus malignos.


martes, 7 de agosto de 2018

Pregón fiestas 2018



Pregón que he pronunciado con ocasión de las fiestas de verano en honor a la Virgen e las Nieves en Topares, agosto de 2018



Topares en los años 60, foto de la colección de D. Jesús Martínez

Buenas noches paisanos, buenas noches vecinos, buenas noches visitantes, hoy topareños todos, de raíz o de convicción, en esencia amigos.
El lunes pasado, por la noche, cuando me recogía había un grupo de chavales en la esquina de mi casa, entre Santa Lucía y la calle Mayor. Al momento de entrar y escuchar sus risas y voces transparentes, tuve la tentación de volver a salir y contarles a manera de cuento, que en otros tiempos esa calle Mayor, en las cálidas noches veraniegas, se llenaba de gente paseando, familias enteras, novios que a la vista de todos planeaban futuros dichosos, chavales jugando a las cuatro esquinas, corros en la Plaza del Médico donde se contaban hazañas pasadas o simplemente se hablaba de trillas y fanegas.
La cortedad me impidió hacer lo que se dibujaba en mi mente, pero quedó la convicción de que este seudo pregón debía empezar con esta anécdota.
Corren malos vientos para las zonas rurales, por todo el territorio se constata la alarmante disminución de la población del campo.
Nuestros pueblos se desertizan de personas. Topares no es menos y parece, al revés, que con mayor gravedad. Los que venimos a ratos nos impacta comprobar, cómo cada vez hay más calles solitarias, más casas vacías.
Dietmar Roth nos apuntaba en sus artículos veraniegos que en 1741 había, en el pueblo, 5 casas para 33 habitantes, en 1772, 20 casas para 75 personas y ya en 1810 llegaban a 41 familias con 134 vecinos. Así llegábamos a los años 40 del siglo pasado en el que según Antº López, se alcanzaban los 1082 habitantes.
Ahora pienso en tanto esfuerzo, en tanto sacrificio aportado para lograr el Topares soñado. Para que el pueblo, en aquellos años 50 pudiera tener sus mil vecinos sobrados. Fueron luchadores solitarios, sin ayuda institucional exterior, lo hicieron todo con sus manos y su ilusión. Así, a base de trabajo, lograron transmitirnos un pueblo vivo y dinámico, como lo cuenta Antonio: Topares es una aldea muy movida y activa. Un pueblo alegre y de buena vecindad, unido y solidario, Un pueblo hospitalario.
Siempre nos hemos sentido orgullosos de Topares, presiento que ahora nos llama, nos reclama con fuerza para que no permitamos, impávidamente, su desaparición.
Tenemos que tener la convicción de que todos somos necesarios. La verdad absoluta no existe, ninguno poseemos la verdad total, pero juntos podemos intentarlo, unamos nuestras pequeñas medias verdades para lograr un Topares con futuro, lleno de esperanza.
Siempre nos hemos tenido por una gran familia, en el seno de ellas a veces hay desavenencias, pero una y otra vez el cariño entre sus miembros hace que renazca la convivencia y el entendimiento. No podemos permitir que algunos desencuentros nos bloqueen y nos impidan unir nuestras fuerzas para preparar un mañana de ilusión.
No dejemos, parafraseando a José M. Siles en su pregón, que Topares sea olvidado por partida doble. Porque pareciese que ya no existe para los que mandan fuera y olvidado para los de dentro porque ya pareciese que no había solución posible.
Reconozco que ni remotamente tengo una solución para este desgaste progresivo, solo la disposición a aportar, a trabajar en todo lo que se me solicite, porque no podemos dejar que nuestra tierra, nuestros aromas, nuestras calles, nuestros sentimientos, se pierdan en el recuerdo de la añoranza.
Repito que no tengo soluciones, pero sí quiero apuntar algo que nos dijo José Antº Robles en su pregón: “Sigamos luchando por los valores de nuestra cultura propia y el mantenimiento de lo que nos identifica mejor como personas”.
Escuchemos al gran poeta Antonio Machado, cuando en un maravilloso verso, nos dice: “Hoy es siempre todavía”
Todas estas palabras solo deben ser un prólogo a lo que ahora nos ocupa, nuestras fiestas de verano. Después de una cosecha tan reparadora llenemos nuestras casas, nuestras calles, nuestros espacios de alegría, una alegría compartida con todos los que nos visitan, pues Topares siempre ha sido lugar de acogida, un rincón lleno de nobleza.
Todos juntos disfrutemos de una radiante convivencia y a los que ya rayáis o superáis mi edad os pido comprensión para nuestra juventud bullanguera.
Recordar los tiempos en que las ristras de chorizos desaparecían misteriosamente de las cámaras, de las gallinas extraviadas y nunca encontradas, las eternas serenatas con magnetófonos vetustos o esas noches de verano en cualquier esquina o baldosa llenas de risas y conversaciones. Sí, nosotros también fuimos jóvenes y nos gustaba la diversión y el ruido. Ahora unámonos a nuestros jóvenes y vivamos una fiesta con simpatía y entusiasmo.
Una persona especial, me decía cuando nos encontrábamos aquí: “Fonfo, aquí no veo nada que me resulte violento. Miro a mi alrededor y no encuentro a nadie que me quiera hacer daño de forma intencionada…”
En ese ambiente permanente de convivencia y hermandad os animo a disfrutar de estos días estivales.

Topares amado
Ondas que te acarician
En el calor de la mañana
O en la brisa de la noche

Caminos abiertos al horizonte
En la línea de los campos madurados al sol,
Bañados de tanto en tanto,
Por el agua generosa de la lluvia.

Viajando, desde los fríos pardos y ocres invernales
a los verdes terciopelos de la primavera,
Para llevarnos llenos de ilusión,
hasta los dorados intensos del verano

Caminos que se diversifican a todas partes
Para que al regresar confluyan todos en una idea,
En una quimera: Topares

Dueño de nuestros sueños,
Cobijado en miles de corazones lejanos,
Siempre quedo, en la espera,
Aguardando a nuestro regreso
Para acogernos entre sus brazos
Y ofrecernos toda su pureza.


Acompañarme en un grito único, unido. ¡¡VIVA TOPARES!!




viernes, 30 de marzo de 2018

El mar se hizo tal vez para la espera


El Ayuntamiento de Roquetas convocó un concurso de micro relatos de 100 a 200 palabras con la obligación de incluir el poema de Julio Alfredo Egea: "El mar se hizo tal vez para la espera". Al final no lo presenté, ahora lo publico en mi blog.

Paseo marítimo de Almería
Después de todo lo vivido volvía a sentir la suave caricia del aire marino.
Se había marchado huyendo de su propia voracidad.  Su avaricia le llevó a intentar apoderarse de aquello que nunca podría lograr por la fuerza.
Regresaba a su tierra con la fe de la reconquista, una vez que había pagado todos sus errores.
Pasó toda la mañana en un banco del paseo marítimo, su mirada perdida en el infinito horizonte, con el corazón lleno de amor y deseo.
Su culpa la había saldado con la paciencia de la esperanza. En esto que, hacia el mediodía, vislumbró, acercándose, la sonrisa de la persona amada. Al instante se acordó de las palabras del poeta: “El mar se hizo tal vez para la espera”.

lunes, 18 de diciembre de 2017

REALIDAD

Retomo mis entradas sobre el colegio Cristo Rey, una pérdida desafortunada me ha mantenido varado todos estos días, ahora, felizmente, la carta, pues de eso se trataba, de una carta, ha aparecido y con la ilusión del hallazgo reanudo mis recuerdos.

Esa es mi imagen cuando marcho al colegio,
allá por el año 1965, cumplidos los diez años
Nos quedamos con el esplendor de todo lo nuevo y lo maravilloso que resultaba ante mis sentidos, pero no nos engañemos, rápidamente se abrió paso la cruda realidad.
Los momentos de ilusión, de alegrías fáciles van desapareciendo, las aleluyas se acaban y sin aviso previo empiezo a comprobar que a pesar de vivir rodeado de tanta gente me encuentro solo, que soy muy pequeño y me hallo en una situación que no domino, un corderito en tierra de lobos.
Nunca me han gustado los motes, los apodos y, siempre he procurado no utilizarlos. Mi madre me había hecho una chaqueta de lana de un verde muy vivo. No recuerdo quién, tampoco adelantaría nada si lo recordase, el caso es que ese alguien empezó a decirme “lechuguita” y con ese mote me quedé.
Yo me sentía ofendido, humillado, cabreado, pillando enormes berrinches, con lo que más me lo decían. Mi rabia era por no ser lo suficientemente fuerte, atrevido y grande para darle un porrazo y romperle la crisma al que me lo dijera pues, si alguna vez me lanzaba contra alguno, lo único que sacaba era algún trompazo de propina, ya que nunca he sido gran luchador. Así a pesar de que por dentro me ardía todo el cuerpo solo me quedaba llorar y aguantar.
También descubro que las costumbres de Topares no son las mismas que aquí. En el pueblo cuando llegaba el 2 de noviembre todos íbamos al cementerio y los niños nos dedicábamos a correr por entre las tumbas y a tratar de leer los nombres de aquellas más antiguas. En el instituto resulta   que no es fiesta y tenemos que ir a clase, en esos momentos me resultaron muy tontos los del colegio y solo pensaba lo bien que se lo estarían pasando en Topares sin clase. Además, me aburría bastante en la mayoría de ellas.
¡Ah!, cuantas penas, aunque nada he dicho, aún, de la más grande, las comidas, horribles. Mi madre es una gran cocinera, de pequeños también tozuda, pues se empeñaba en que nos comiésemos todo, aunque no nos gustara nada. Entonces lo pasábamos mal, aunque disimuladamente era benevolente pues procuraba hacer las menos veces posibles esas comidas odiosas.
Ahora me enfrentaba a comidas nunca vistas, sabores, si se podían llamar sabores, nunca conocidos y algo muy importante para un niño, que no entraban por los ojos ni con gafas de aumento.
Así pasé bastantes días sin comer, menos mal que yo tenía un ángel particular, mi tía Eloína. Cuando regresaba del instituto al colegio, por las tardes, pasaba por su casa en la escalinata y, nada más verme, sabía ya mi estado nutritivo. Siempre tenía algo para ofrecerme, nunca podré olvidar tantos detalles que tuvo conmigo.
Como prueba de veracidad concluyente de lo que digo aporto una carta escrita a mi abuela María en esos días:



Las dos caras de la carta que con tanta sinceridad y ganas mando a mi abuela a finales de noviembre,
cuando no llegaba ni a dos meses que estaba en el colegio



                                                                      Vélez Rubio 30-11.65
            Querida abuelita: […] Creo que ya estará el Daniel con las bestias labrando y sembrando, ya habrán matado, y mi mamá también, esta vez no voy a comer chicharros ni patatas con los chicharros pero luego en la pascua o en la navidad mejor dicho, sí me comeré las costillas esas que a mí tanto me gustan, y las tajadas de lomo, y cosas de esas, y también los muslos del pavo y la sangre que está tan buena, frita en la sartén y los muslos en la lata encima del fuego, tampoco cataré esas migas con las tajadas de tocino y esas de hígado blandas ni el arroz con costillas ni nada de eso, tan buenos que están pero cuando vaya en la navidad alguno de eso pillaré y toda la matanza, los chorizos, la morcilla, los envueltos. (Abuelita) Te pido perdón por no haberte escrito…”


Ahí quedan las indiscutibles palabras de un niño de 10 años.
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