viernes, 30 de marzo de 2018

El mar se hizo tal vez para la espera


El Ayuntamiento de Roquetas convocó un concurso de micro relatos de 100 a 200 palabras con la obligación de incluir el poema de Julio Alfredo Egea: "El mar se hizo tal vez para la espera". Al final no lo presenté, ahora lo publico en mi blog.

Paseo marítimo de Almería
Después de todo lo vivido volvía a sentir la suave caricia del aire marino.
Se había marchado huyendo de su propia voracidad.  Su avaricia le llevó a intentar apoderarse de aquello que nunca podría lograr por la fuerza.
Regresaba a su tierra con la fe de la reconquista, una vez que había pagado todos sus errores.
Pasó toda la mañana en un banco del paseo marítimo, su mirada perdida en el infinito horizonte, con el corazón lleno de amor y deseo.
Su culpa la había saldado con la paciencia de la esperanza. En esto que, hacia el mediodía, vislumbró, acercándose, la sonrisa de la persona amada. Al instante se acordó de las palabras del poeta: “El mar se hizo tal vez para la espera”.

lunes, 18 de diciembre de 2017

REALIDAD

Retomo mis entradas sobre el colegio Cristo Rey, una pérdida desafortunada me ha mantenido varado todos estos días, ahora, felizmente, la carta, pues de eso se trataba, de una carta, ha aparecido y con la ilusión del hallazgo reanudo mis recuerdos.

Esa es mi imagen cuando marcho al colegio,
allá por el año 1965, cumplidos los diez años
Nos quedamos con el esplendor de todo lo nuevo y lo maravilloso que resultaba ante mis sentidos, pero no nos engañemos, rápidamente se abrió paso la cruda realidad.
Los momentos de ilusión, de alegrías fáciles van desapareciendo, las aleluyas se acaban y sin aviso previo empiezo a comprobar que a pesar de vivir rodeado de tanta gente me encuentro solo, que soy muy pequeño y me hallo en una situación que no domino, un corderito en tierra de lobos.
Nunca me han gustado los motes, los apodos y, siempre he procurado no utilizarlos. Mi madre me había hecho una chaqueta de lana de un verde muy vivo. No recuerdo quién, tampoco adelantaría nada si lo recordase, el caso es que ese alguien empezó a decirme “lechuguita” y con ese mote me quedé.
Yo me sentía ofendido, humillado, cabreado, pillando enormes berrinches, con lo que más me lo decían. Mi rabia era por no ser lo suficientemente fuerte, atrevido y grande para darle un porrazo y romperle la crisma al que me lo dijera pues, si alguna vez me lanzaba contra alguno, lo único que sacaba era algún trompazo de propina, ya que nunca he sido gran luchador. Así a pesar de que por dentro me ardía todo el cuerpo solo me quedaba llorar y aguantar.
También descubro que las costumbres de Topares no son las mismas que aquí. En el pueblo cuando llegaba el 2 de noviembre todos íbamos al cementerio y los niños nos dedicábamos a correr por entre las tumbas y a tratar de leer los nombres de aquellas más antiguas. En el instituto resulta   que no es fiesta y tenemos que ir a clase, en esos momentos me resultaron muy tontos los del colegio y solo pensaba lo bien que se lo estarían pasando en Topares sin clase. Además, me aburría bastante en la mayoría de ellas.
¡Ah!, cuantas penas, aunque nada he dicho, aún, de la más grande, las comidas, horribles. Mi madre es una gran cocinera, de pequeños también tozuda, pues se empeñaba en que nos comiésemos todo, aunque no nos gustara nada. Entonces lo pasábamos mal, aunque disimuladamente era benevolente pues procuraba hacer las menos veces posibles esas comidas odiosas.
Ahora me enfrentaba a comidas nunca vistas, sabores, si se podían llamar sabores, nunca conocidos y algo muy importante para un niño, que no entraban por los ojos ni con gafas de aumento.
Así pasé bastantes días sin comer, menos mal que yo tenía un ángel particular, mi tía Eloína. Cuando regresaba del instituto al colegio, por las tardes, pasaba por su casa en la escalinata y, nada más verme, sabía ya mi estado nutritivo. Siempre tenía algo para ofrecerme, nunca podré olvidar tantos detalles que tuvo conmigo.
Como prueba de veracidad concluyente de lo que digo aporto una carta escrita a mi abuela María en esos días:



Las dos caras de la carta que con tanta sinceridad y ganas mando a mi abuela a finales de noviembre,
cuando no llegaba ni a dos meses que estaba en el colegio



                                                                      Vélez Rubio 30-11.65
            Querida abuelita: […] Creo que ya estará el Daniel con las bestias labrando y sembrando, ya habrán matado, y mi mamá también, esta vez no voy a comer chicharros ni patatas con los chicharros pero luego en la pascua o en la navidad mejor dicho, sí me comeré las costillas esas que a mí tanto me gustan, y las tajadas de lomo, y cosas de esas, y también los muslos del pavo y la sangre que está tan buena, frita en la sartén y los muslos en la lata encima del fuego, tampoco cataré esas migas con las tajadas de tocino y esas de hígado blandas ni el arroz con costillas ni nada de eso, tan buenos que están pero cuando vaya en la navidad alguno de eso pillaré y toda la matanza, los chorizos, la morcilla, los envueltos. (Abuelita) Te pido perdón por no haberte escrito…”


Ahí quedan las indiscutibles palabras de un niño de 10 años.

lunes, 6 de noviembre de 2017

PRIMEROS DÍAS (2)

Cuando empiezo a escribir es difícil parar, por eso la necesidad de partir las entradas.
Emilio Flores Gea, desde Murcia, nos decía, uno de estos días que la feria de Vélez Rubio de octubre era del 10 al 14, precisamente los días que nos incorporábamos al colegio. En aquellos años, nunca era antes de octubre. Fueron días en los que mi asombro no podía alcanzar niveles más altos. Los ojos de un niño pueblerino se querían salir de sus órbitas pues no podían descifrar tantas imágenes ni momentos.

Los coches de choque, “los cochecicos”, antes nunca vistos ni imaginados. En mi ayuda acudió mi padre, como iba con camiones, esos primeros días, pasaba siempre a verme, imagino que la madre le encargaría pasar a ver al niño, a ver si necesita algo, a ver si está bien, ¿le gustan las comidas?, le daría toda una serie de encargos para su hijo pequeño. El caso es que mis tres duros estaban en manos del cura y yo tuve dinero para disfrutar de la feria.

Crecía un deseo ardiente de montarme en ellos, alternándose con el miedo intenso de que me pasara algo en los choques, que volcase, yo que sé, he sido demasiado miedoso en las aventuras. El primer paso fue solo mirar embobado, observar a esos bichos diabólicos que daban vueltas y vueltas. Parecía que todo giraba con un orden caótico, chocando de tanto en tanto los vehículos sin que aparentemente pasara nada. La contemplación duró horas, al menos un día. Por la noche llenándome de valor me prometí que al día siguiente pasaría a la acción. Alrededor de la pista estaban vigilantes los entendidos de siempre, los caras, hábilmente te liaban para que tú pagaras y montarse contigo. A la segunda vuelta, aunque  habías sido el pagador, se apoderaban del auto y pasabas a ser mero espectador de su manejo. Claro, aprendí la lección y poco a poco me lancé a conducir yo solo y, tratando de esquivar a los demás, buscando siempre los espacios solitarios, fui disfrutando de ese nuevo capricho. Acabé, por la noche, soñando con volver al día siguiente con mis cinco duros para seis viajes.
En la plaza de la churrería, una atracción que giraba y giraba,  iba sentado en unos asientos circulares, para un grupo, del techo colgaba una pera de boxeo que debía golpear al paso, los caballitos o tio vivo. Todo era novedad, todo era experimentación, de los estudios aún no me había enterado de nada, no tenía tiempo.
Soñador, inquieto, observador, titiritero, iluso, admirador de lo último, con todos esos adjetivos, ya podéis imaginar que en esos días no había ni un momento de descanso, De día ocupado en descubrir todo lo que se me iba ofreciendo al paso, de noche soñando nuevos descubrimientos y tratando de imaginar lo que me esperaba después de despertar.
Había niños que lloraban la añoranza de sus padres, de sus casas. Yo no tenía tiempo ni ganas, era tanto lo que se me presentaba de nuevo que solo había lugar para la sorpresa y la ilusión.
Por las tardes en el instituto, antes de regresar al colegio, teníamos estudio, hora y media o dos horas, no recuerdo exactamente.
Allí me encuentro yo haciendo las tareas, nunca he hecho de más, pero aquellos días menos, recién empezados aún no habíamos cogido carrerilla, en diez minutos terminaba, porque lo que se dice estudiar, nada de nada.
Necesitaba todo el tiempo para pensar, para soñar despierto, para saborear todo lo que me pasaba aquellos días y hacer quimeras para los siguientes, aunque luego ninguna se cumpliera, pero era igual, a la noche siguiente volvería a fantasear con nuevos días llenos de maravillas.
Había guardado todo, libros, libretas, bolígrafos… todo. Estaba con las manos y la cara apoyados en la cartera, los ojos medio cerrados, nada difícil en mí, muchos me decían “japonesito” y, ¡ale!, a divagar.
En esto aparece el director por la puerta, con cara muy seria me dice:
-Alfonsito es que te crees que porque aquí no está la mamá nadie te vigila. Saca los libros y ponte a estudiar.

Se rompió todo el encanto, era el más pequeño y me trataban como tal, siempre he sido el más pequeño por donde he llegado. Aquel día aprendí a disimular con el libro y la libreta abiertos.

domingo, 29 de octubre de 2017

PRIMEROS DÍAS (1)

Pasado el tiempo, aquel lunes primero, para cada uno de nosotros, los nuevos, fue un despertar distinto. Para empezar, hacerlo al sonido de la música o el silbato, nunca con la delicadeza de la madre.
Descubres que has compartido la noche con muchos semejantes, abrir los ojos y encontrarte a otros que te miran, las palabras iniciales dirigidas o que te dirigen, agradables o cariñosas, si no vienen de aquellos que, siempre están por hacer la puñeta. Tu desnudez y la ajena, compartir el momento de llevar a cabo las necesidades fisiológicas, las colas para el aseo, las bromas groseras de los graciosos de turno...
Yo que siempre he tenido tendencia a la independencia y la soledad deseada, que nunca he llevado bien que las demás personas me agobien, en esos primeros días, a veces, la multitud me oprime y me desborda, siendo lo más acuciante aprender a competir. No tanto en el sentido de competición, de ser mejor que otro, más bien en la costumbre de contar solo tú. Ahora ya no eres el único, tú prioridad acaba donde empieza la de los otros, tienes que guardad un orden hasta que te corresponda, en la comida no tienes por qué ser el primero, ni a la hora de lavarte, lo que necesites puede estar siendo utilizado por otro, en resumidas cuentas, tienes que compartir muchas cosas que no estás acostumbrado, ya no eres el centro.
El instituto José Marín, al fondo el Maimón, referente y guardián de Vélesz Rubio
Dentro de mi aparente cachaza escondo una intranquilidad nerviosa. No puedo llegar con el tiempo justo, cuando tiene que pasar algún acontecimiento no soporto la espera. Siento la presión del miedo a llegar tarde, que no me dé tiempo a lavarme, que sea el último, perderme, a que no me guste la comida, son días de una tensión constante en los   que no tengo un momento de relajación.
Por otra parte, soy novedoso, disfruto con cada experiencia nueva. En mis años de maestro ha sido una delicia cada vez que he tenido que cambiar de pueblo o colegio, aunque después haya sido un desastre, pero el primer momento siempre lo he disfrutado. Hablo del año 1965, prácticamente no he salido de Topares, nunca solo, ahora se me presentan delante de mí toda una serie de experiencias novedosas.
Algo tan sencillo como un cartucho de pipas, se podrían tratar de las primeras que comiera, los churros y las patatas chips de la churrería de Bernardo, el ir y venir solo del instituto al colegio y viceversa,  vestirme solo,  ponerme lo que yo quisiera; no lo que me dejara en la silla la madre, un simple polo de helado, conocía el “chambi”, habituado a la singularidad de las caras en Topares; verme rodeado de la pluralidad de las mismas en el colegio y no siempre conocidas, los veteranos, tener que lidiar con ellos, había agradables que te ayudaban, pero otros  se reían de ti y probaban a hacerte la puñeta. Las comidas, ¡ay las comidas! Recuerdo perfectamente la primera vez que pusieron arroz a la cubana. Era para cenar, yo me sentaba al hilo con el director, más de una vez me decía, desde su mesa:
          -Alfonsito hay que comérselo todo.
A veces con un poco de humor, pero otras con cara muy seria. Ante mí una montaña de fuego, de un rojo que lo cubría todo y que yo ignoraba que había dentro, estábamos mano a mano, el arroz y yo. Miraba a la mesa de los curas, miraba la montaña misteriosa, me miraba a mí y no sabía cómo salir de aquella amenaza, ¡vete a saber tú que había debajo de aquella pátina roja!
Un torno de convento, Su obscuridad profunda  representaba lo tétrico del convento.
Me decido a atacarle con el tenedor, llenándome de valor procede a la acción, entonces descubro que dentro hay un arroz blanco, ¡blanco!, ¿cuándo el arroz ha sido blanco? Amarillo de toda la vida. Ya era el colmo, tampoco adivinaba que era aquel rojo intenso. Lo pasé fatal, solo recuerdo la angustia, no sé si tuve que probar alguna cucharada, solo que en algún momento me deshice de aquel tormento.
Los primeros días se veía de todo. Unos hermanos que cada dos por tres te los encontrabas llorando. Por la noche, en la mitad de la misma, alguien llamaba a su madre. Más de uno, sin poder aguantar la tensión mojaba la cama. Eran días que se veía en las caras mucha tristeza.
Mi estado era de ensimismamiento, admirado de todo lo que se presentaba a lo largo del día, no tenía tiempo de pararme ni de asimilarlo todo.
Lo único que me amargaba eran las comidas, eran horribles. Ese primer año fue horroroso. La hacían las monjas, nos llegaba a través de un torno que había en la pared de la izquierda. El crujir del mismo y ese aire tenebroso ya te predisponían a rechazarla, Muchas comidas nuevas para mí, nuevos productos que en Topares no se veían, mal cocinados, huevos fritos que parecían tortillas, café con leche que sabía a agua sucia, pan duro, de un día para el otro, chocolate que parecía más tierra que otra cosa, macarrones que se hacían una bola en la boca que no se podía tragar…
Podría seguir enumerando, los años siguientes, sin ser para tirar cohetes, la cuestión mejoró mucho. El personal de la cocina ya era, digamos civil, con una cocinera de Tíjola y una encargada general, Anica, de la que tendremos que hablar en alguna ocasión.

Cuando empiezas a escribir es difícil parar, por eso la necesidad de partir las entradas.

domingo, 22 de octubre de 2017

Mi primer día en el Cristo Rey

Los maestros y maestras de nuestros pueblos, en muchas ocasiones, fueron los que nos pusieron a estudiar a muchos de nosotros. Aún no había cumplido los diez años y mi maestro, Don Daniel, se empeñó en que me presentara a beca, como se decía entonces. Mi padre no estaba convencido, le parecía que era muy pequeño y que no me podría manejar solo, en el colegio.
Por suerte al final ganó el maestro y a eso de finales de mayo o principios de junio voy a Vélez Rubio a examinarme para beca, que servía, a la vez, de ingreso y para costear el colegio. Admirador natural de las situaciones nuevas, para mí constituyó un acontecimiento extraordinario. Habituado a la singularidad de Topares, verme allí sentado en una mesa, en un pasillo que me parecía infinito, serias personas mayores paseando por entre nosotros para que nadie copiara, a todo eso no sabía ni que era copiar, puede que se tratara del primer examen que hacía y, además, rodeado de montones y montones de niños como yo, únicamente se parecía al pueblo en que exclusivamente había niños.
Recién cumplidos los diez años el maestro me dice que he aprobado, desde ese momento estaba desando de que llegara el día de marcharme a Vélez Rubio. Creo que la beca eran 10.000 pesetas y el colegio costaba sobre 9.000, para mí lo importante es que me iba fuera y ¡solo!, ese cierto sentido de independencia siempre me ha acompañado en la vida.
Un domingo de principios de octubre fue el día ansiado, nos bajamos por la tarde para encontrarnos con una vorágine de niños y familias, los nuevos con las mismas caras o incluso más asustada que la mía, los grandes sin mirarnos ni siquiera, los más cercanos a nosotros que se consideraban veteranos, desafiantes, como diciendo: ¡Qué pequeños! ¡La que os espera!
El internado se encontraba detrás de las monjas, en un camino de tierra hacia la huerta, al empezar la calle que te llevaba al cuartel y al Cabecico, en la esquina había una especie de taberna, en la misma esquina de la calle con el camino una fuente en la que, muchas mañanas de invierno, teníamos que ir a lavarnos la cara porque en el colegio no había agua. Todo era observable, para dónde mirara se me presentaba algo nuevo y sobre todo nuevas caras. Los novatos quedaban reflejados a la distancia, llegábamos rodeados de toda la familia, en algunos casos hasta abuelos y tíos.
Entrábamos en un recibidor, que después adquiriría sentido, pues era donde aguardábamos hasta que se podía entrar al comedor. A la izquierda estaba el del Superior y las escaleras a los dormitorios. A la derecha el comedor, salón de estudios, sala de la televisión, todo era el mismo lugar, digo el del Elemental. Al entrar al mismo estábamos los de primero y la mesa de los sacerdotes, bajando un escalón, la sala grande, donde se sentaban por orden desde quinto hasta los de segundo al final.
Arriba el dormitorio, largo, nuevamente grandes extensiones estando hecho a lo inmediato del pueblo. Literas que solo conocía de oídas, de los soldados en la mili. Menos mal que me tocó abajo y me acudió la sensación de que a partir de ese momento tendría que dormir rodeado de otros niños. En la mitad a la izquierda de la sala, una habitación almacén donde se guardaban las maletas. Al fondo, también a la izquierda, los lavabos, escasos para tanta gente.
Después de un par de horas allí ya estaba medio mareado, cruzarme con mucha gente desconocida, padres y madres, alumnos, futuros compañeros, presentarme a los curas, a todo esto, era el más pequeño de todo el colegio. La primera vez que el maestro le habló a mi padre de presentarme a beca, la respuesta fue que era muy pequeño: “¡Si todavía no sabe vestirse solo!” Bastante años después, ya maestro actuante, el mismo maestro le contaba la anécdota a una compañera de la carrera, a lo que ella le respondió: “Pero es que ha aprendido ya”.


Aquí ya en tercero
Foto de Revista Velezana. nº 14

Puede que nosotros no quisiésemos que se fueran ya los padres, puede que los padres no tuvieran fuerzas para separase de nosotros, el caso es que ya instalados damos vueltas, arriba y abajo, en las inmediaciones del colegio. En eso estamos cuando descubro que “al laico” del colegio hay una pastelería, la pastelería Alcaraz, añorada y venerada en mi memoria. Solo quería que se fueran para meterme en ella y ponerme morado.
Al final marcharon y todavía quedaba tarde y tiempo hasta la cena. Mi padre me había dado 25 pesetas para pasar hasta navidad. En pasteles me gasté 10 pesetas, descubrí unos cuernos de merengue tan sabrosos que no he vuelto a probarlos iguales. Es fácil ajustar las cuentas, valían 2’50 y me gasté 10 pesetas, la cena por supuesto estaba de más, seguro que no valía la pena.
Al hilo de los cuernos, una tarde de invierno unos alumnos mayores se apostaron que uno no era capaz o sí de comerse 30 cuernos de merengue. En la pastelería no pudieron terminar la faena y se trasladaron al comedor. El director, D. Pedro, tenía fama de que lo controlaba todo, la apuesta parece que también y, le pidió al apostante que bendijera la mesa. No pudo terminar, en los urinarios que estaban fuera en la calle, quedó la marca, todo el suelo parecía una nevada pareja, un océano blanquecino de merengue se extendía por toda la superficie.
Para terminar la noche, el director anuncia que para prevenir los robos se le puede entregar a otro sacerdote el dinero que quiera que le guarde y éste se lo irá entregando como le hiciese falta. Ahí me tienes a mí, todo ufano a depositar mi capital. Nada más llegar solté mis duros en la mesa tal cual el valiente del oeste lanzaba la moneda para pagar el gïisqui:
          -Cura.- ¿Alfonsito qué me traes?
-Yo.-     Los tres duros que me han quedado de lo que me ha dado mi padre.
En mi inconsciente navega la idea de que al final del trimestre le debía yo un duro. Así fue mi inicio en el colegio


martes, 17 de octubre de 2017

sentimiento topareño



 

En el estado español, el verbo pertenecer, reina olímpicamente. Pertenecemos a tal familia, a tal ayuntamiento, provincia, país… y pertenecer según el diccionario de la RAE dice que es: “Tocar a uno o ser propio de él una cosa, o serle debida”.
La definición conlleva propiedad y por eso nadie debe pertenecer a nadie, todo ser, todo lugar tiene que pertenecer a sí mismo y solo a sí mismo. Solo estamos dentro o formamos parten de un todo más amplio, nunca pertenecer.

Así no tendré ningún reparo en señalar, por verdadero, que Topares está dentro o forma parte de Vélez Blanco, pero no que pertenezca a.
La reflexión la podemos extender a todas las relaciones que se puedan dar a lo largo del territorio, pues de lo contrario, a veces, podemos pensar en una relación de vasallaje.
Sería de tontos no ver la inviabilidad de un Topares como municipio, sería de necios pensar que con su población actual se pudiera ofrecer todos los servicios que se tienen que cubrir desde un ayuntamiento.

Ahora bien, nada es óbice para poder pensar, sentir en todo mi ser que Topares es grande, a emocionarme con la importancia que adquiere para mí, a llenarme de su aire, a querer ver la majestuosidad de su sencilla presencia.
Me tienen que dejar creer que he nacido en un lugar maravilloso, no más que cualquier otro, pero ni una milésima menos. Tanto me da que para existir tenga que formar parte de uno ajeno, siempre que pueda sentirlo como el centro y la razón de mi vida.

Quiero tener la certeza de que ser de Topares tiene sentido por sí mismo, sin más adjetivos ni calificativos, sin más pertenencias, sin más añadidos. Por sí solo es el núcleo y la condición que marca mi existencia como persona.

No me importa que los demás lo vean como un pueblo pequeñito, perdido en la lejanía, sin apenas historia, sin obras de arte ni monumentos, sin semáforos ni avenidas, sin… hay tantos sin, es igual, para vosotros lo que queráis, pero dejar que, para mí, al menos, sea mi tierra soñada.

domingo, 24 de septiembre de 2017

24 de septiembre

... Y otra vez llega el 24 de septiembre, estalla traicioneramente, como si de un explosivo olvidado se tratase, aquel destinado a las desgracias,
          Todo el año amagado, invisible, en una pérdida indeterminada, para que a eso de finales de agosto empiece a ronronear, sin que tú te des cuenta, sin que aparezca en la superficie, pero que intranquiliza tu ser y se dispone a actuar.
  Septiembre trae, distraídamente, resonancias de sus sonrisas, murmullos de sus silencios, cucamonas de sus caricias, presencias de sus voces.
          Septiembre amanece esplendoroso, en el horizonte las fiestas, la ilusión de días inolvidables, la esperanza de volver a saborear de ellas, para que poco a poco, su voz, su risa, su música, el recuerdo de un te quiero, la nostalgia de un mimo, me abstraigan, me dejen a merced de cualquier palabra, de cualquier imagen, para romper al final en el llanto más silencioso, más desconsolador.

          
        Así explota el 24, se apodera de mí y presenta el final de todas las ilusiones, para ocupar, solo ella, todo el espectro de mi recuerdo.
      Ella llena de vida, llena de amor, de pasión, ella seductora, colmada de fantasías, maravillosa, ella dueña de mi memoria.


           Mañana será otro día para recordar, para mantenerla viva, para sentir la alegría y la dicha de haberla conocido, de haber disfrutado de su amor, de haberla querido tanto, todo será mañana, pero hoy, 24 de septiembre, todo es dolor.


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