viernes, 6 de enero de 2017

Juegos y juguetes

Fotografía de J. Angel Castaño

Me sitúo en el inicio de la década de los sesenta, cuando se desarrollaba mi infancia. Me hallo en un pequeño pueblo alejado de las grandes ciudades, Topares, donde las cosas siempre llegaban después, mucho después.
Soy un infante que tiene todo un universo a su disposición para el juego, cuando el juguete no ha adquirido sentido propio, solo supeditado a ser herramienta del esparcimiento. Cuando los reyes magos llegaban a un pueblo tan lejano, ya sin juguetes, pues lo habían ido dejando en las otras localidades. Solo les quedaban: naranjas, mantecados, algún calcetín y a veces unas zapatillas o cualquier jersey.
Pero parece que también nos portaban ilusiones para seguir jugando, espacios infinitos para desarrollarlos, sin más límites que la llegada de la noche, ni más inconvenientes que alguna lluvia inoportuna o algunos copos de nieve resplandecientes.


Pero las lluvias nos traían charcos y era el momento de fabricarnos unos zancos con dos botes de leche: dos agujeros en la tapa, y dos cuerdas y ya tenías el juguete para poder chapotear en el agua. Aún recuerdo, como si fuera ahora mismo, el día que vino algún muchacho de fuera, cuando se formaron los charcos salió con sus botas de goma, “katiuskas”, les llamábamos. Se puso a juguetear pisando en el agua y todo un coro de niños asombrados de lo que veían no lograban apartar sus ojos de aquellas botas mágicas. Al menos yo, cuando llegué a casa, pataleaba llorando pidiendo que me compraran unas “katiuskas”.
Desde las casas había una orden clara; cuando dieran la luz del molino a recogerse. Tu suspirabas porque la luz fuese tenue y amagara algún destrozo de la ropa o la suciedad adquirida de jugar toda la tarde a las bolas, algunos con suerte podían tener bolillos de los cojinetes de los coches. De canicas nada, en aquellos años en Topares jugábamos en blanco y negro, el color todavía no había llegado.
Según te tocara tenías que ayudar a que la bola corriese o a que la bola frenase, el primero que dijera “sucio” o “limpio” se afanaba para conseguir su propósito. Así limpiabas el suelo de tierra hasta que pareciera una patena o aporcabas tierra al camino de la bola o el bolillo hasta que dificultabas su marcha. Manos y ropas entraban en un contacto continuo con la tierra, hasta llegar a tu casa como un eccehomo de suciedad y procurando que la madre no se diera cuenta del estropicio.

Claro que no todos los días la tarde era tan rastrera. Igual habías cogido tu aro, que muchas veces, casi siempre, llamábamos “rulo”, y con algún amigo transitabas por caminos y veredas de tierra y piedras y acostabas en las curvas el aro soñando que eras un piloto de carreras o sorteabas obstáculos como contaban que tenías que hacer para sacarte el carnet de la moto. Solo se trataba de hacer confluir la actividad con la imaginación para crearte un mundo mágico de ilusiones.

En los soleados recreos primaverales de la escuela podías jugar a bailar el trompo, en otros sitios peonza. Ver cual duraba más, intentar cogerlo con la cuerda, bailarlo en la mano, lanzarlo de un lugar a otro y que siguiera danzando, todos juegos de habilidad que cuando conseguías te inflabas de orgullo y pasabas la vista sobre tus adversarios reclamando tu superioridad. Cada vez que conseguías un éxito en el juego te hacía sentir un poco más mayor y el tiempo avanzaba hacia otros juegos que te configurarían otros tiempos.


En algún momento, tu padre, tu abuelo, el hermano mayor te harían un tirachinas, de madera o de alambre fortalecido y gomas de ruedas que fueran fuertes. Poco a poco irías aprendiendo a lanzar piedras con más fuerza y con más tino, probando a abatir algún pajarillo instalado en la copa de algún árbol no muy alto. Para llegar al árbol de la iglesia, eterno, su copa alzada hacia el firmamento y vigilando por si por el callejón que sube del caño aparecía el cura y te requisaba el tirachinas, con la argumentación de que las piedras caían sobre el tejado de la iglesia y se rompían las tejas.

Con la llegada de la semana santa, el domingo de ramos en la procesión se portaban palmeras y con sus hojas confeccionaban pirámides y lagartos. A los pequeños nos la iniciaban los mayores, a veces el resultado era más bien un churro, pero en nuestros pocos años quedábamos contentísimos. Sobre todo, el juego consistía en que nosotros, inocentes, engañábamos a algún mayor para que metiera un de do en la boca del lagarto. Con la elasticidad de la palma, cuando más tirábamos de la cola para sacarle el dedo, las hojas más se cerraban sobre el índice normalmente. Nosotros reíamos, y los mayores también de ver las monerías del pequeño.

Fotografía de J. Angel Castaño


Todo eran ilusiones infantiles que llenaban nuestras cabezas de imaginación y que si queréis podéis evocarlas visitando la exposición "Así Jugábamos" en el Museo Comarcal Miguel Guirao de Velez Rubio

martes, 27 de diciembre de 2016

CRUDA NAVIDAD

Cuando hablamos del sentido de la navidad, a muchos, les duelen las “sillas vacías” en las reuniones, imaginad cuando ya no se trata de una silla sino es un “trono vacío”.

De tanto cercarte la soledad, llega el momento que solo quieres vivir en singular. Te rodea, te atraviesa hasta acurrucarte en un rincón para hacerte invisible, hasta volverte una molesta niebla, de la que no quieres que haya sol capaz de levantarte.
Cuando pasan tantos días sin sentirte principal, sabiendo que para nadie eres el primero, dejando de ser imprescindible, si es que alguna vez lo fuiste. 
A pesar de la mucha gente que puedas llevar en tu interior, la soledad se adueña de tu destino, se te mete dentro y nunca se va. Te absorbe y te liquida para transmutarte en un ovillo perdido en cualquier rincón de tu existencia.

Al final piensas, para qué tanta gente, si la única que me despierta está ausente.

sábado, 24 de diciembre de 2016



Con esta imagen de Topares de 1932, recordando todo lo que
ha sido y a todos los que han pisado sus calles y sus campos,
quiero desearos unas felices fiestas y que 2017 sea una año
lleno de ilusiones y satisfacciones

domingo, 18 de diciembre de 2016

EL MOLINO


Eran las seis de la tarde del 17 de enero, día de San Antón, de 1973, cuando llegó la luz de la Sevillana a Topares, que en otros lugares llaman del Chorro o de La Compañía.
Ese día llegó la luz desde fuera al pueblo, pero aquí, mucho antes, ya había luz eléctrica producida en el mismo pueblo, antes incluso que en los pueblos de alrededor más grandes.
En 1915 se pone en funcionamiento un molino, el Molino. Toda nuestra diputación es gran productora de cereales y era necesario una fábrica para elaborar y dar salida al producto, en él se molerá una gran cantidad de trigo y cebada, destinada al consumo de los animales y las personas. Unos emprendedores, como se llamarían ahora, ponen en marcha el molino movido por un motor de aceite pesado.



Dos imágenes del molino, la fachada principal y la lateral, la de la vivienda, ya cerrado,
llega un momento que prácticamente todo el grano se va fuera y con la llegada de la luz de Sevillana,
 ya no tiene sentido, con lo que un emblema del pueblo se cierra.

Entre 1915 y 1920 se electrifica el pueblo. Se ponen bombillas en las esquinas de las principales calles y se lleva hasta las casas, en donde cada uno, según sus pretensiones ponen, por lo general una bombilla en la cocina-comedor, a lo sumo dos o tres en toda la casa, ya tirándola por la ventana. Se paga por punto de luz, por cada bombilla, así no había interruptores ni nada, siempre encendida. La gente, cuando vino la de la sevillana, tenía miedo de que se les olvidara de que tenían que apagar la luz cuando no fuera necesaria con los interruptores, después no pasó nada, al día siguiente, viendo la comodidad de tenerla en todas partes ya nadie se acordaba de la del molino. Cuando este deja de funcionar se pagaban 25 pesetas al mes por cada bombilla.


La luz no funcionaba a todas horas. Cuando empezaba a oscurecer venía: “¿Ha venido ya la luz?, se preguntaban. Ese momento era una señal importante. Los infantes nos teníamos que recoger: “En cuanto mismo venga la luz a la casa”, si no, podías encontrarte a la madre con la alpargata en la mano. También, en muchas casas, era la hora de la cena, se recogían las gallinas, en fin, se preparaba la vivienda para la noche.

Tampoco era que estuviera toda la noche encendida. A eso de las doce, la luz se apagaba y se encendía tres veces. El mensaje era claro, en cinco o diez minutos la luz se “iba”, o sea se apagaba: “Vamos, a dormir, que la luz se va”, nadie sabía dónde, pero se iba. Era el momento en que volvían a aparecer quinqués, candiles, palmatorias, velas… necesarias para terminar la velada o simplemente para llegar a las habitaciones.

Una fotografía de 1932 nos permite ver la calle San Vicente con el tendido eléctrico y alguna bombilla, o por lo menos el soporte, pues parece que la bombilla está rota. Así, ese mismo año los alumnos de la escuela de niños de Topares le mandan una carta a los de otra escuela de Málaga y le dicen lo siguiente: “En frente de la iglesia, un poco más abajo, está el molino que muele el trigo y da la luz eléctrica. El molino tiene dos piedras que las mueve un motor de aceite pesado que también le hace andar a la dinamo para la luz”.






Al ser de muy bajo voltaje, pues toda la potencia se tenía que repartir para todo el pueblo, los aparatos eléctricos no funcionaban. Por eso, aclarando a mi amigo Josep, en la iglesia pusieron otro motor para tener luz propia y así poder hacer funcionar la máquina de cine y después la televisión. Cada noche del cine (El Gordo y el Flaco, alguna del Oeste o alguna folclórica o patriótica), el salón se ponía a tope, lo vivíamos como si dentro de la película estuviésemos, se aplaudía, cuando salía el bueno, se silbaba al malo y en el invierno, al salir, nuestras madres nos decían: “Tápate la boca, que te resfrías”.

Rara vez se alargaba la luz más de las doce, con ocasión de alguna vela o un hecho excepcional se podía estirar, como mucho, hasta la una o las dos, pero en muy raras ocasiones. A veces las señales, como llamábamos al aviso para apagarse: ¿Han dado ya las señales?”, digo que a veces esas señales no eran tres, sino una o dos, nada tenían que ver con nosotros, eran mensajes dirigidos a los propios del molino o a algún trabajador para que regresara al mismo.

En las calles principales, en las esquinas, había una bombilla. Entre las pocas que había y la poca luz que daban, en la mayoría de las ocasiones se veía menos que en una noche sin luna. Eso si había bombilla, pues frecuentemente eran utilizadas como blancos por la zagalería, que con sus tirachinas jugaban a hacerlas añicos. También corría peligro de muerte si en su radio de acción se gestaba algún noviazgo o alumbraba mucho a alguna reja indiscreta, en ese caso durante el tiempo que durase el romance tonto era el sustituirla.


De esos tiempos del molino se pueden contar un sinfín de cosas. Estaba la escalera del molino, bueno se podía decir del pueblo, parecía el marrano de San Antón, pues la encontrabas por todas las calles, o de sus encargados que parecían vestir siempre de blanco, bañados en harina como iban, pero bien por hoy dejamos aquí el asunto, ya habrá otra ocasión para volver.



Las fotos de internet se retirarán a petición

viernes, 18 de noviembre de 2016

La Tele

La tele llega a Topares en 1962, en mi mente las primeras imágenes que se fabrican son las de los actos con ocasión del fallecimiento del papa Juan XXIII.
Imagen del enterramiento de Juan XXIII


Don Rafael que movilizó al pueblo para construir
el salón y que trajo la televisión en 1962
Es cura del pueblo D Rafael que convence a vecinos con ciertas posibilidades para comprar un televisor, a cambio, una vez instalada, tendrán unos vales para verla gratis, pues los demás tendrán que pagar 1 o 2 pesetas, según el acontecimiento,  que se encargaban de cobrar Julián, el municipal, y su hermano Amable. Funcionará con la electricidad procurada por el generador que daba la luz a la iglesia. Colocada en el salón parroquial, la ponían a la caída de la noche y, especialmente, las noches de los lunes, los viernes, los sábados y los domingos.
Franz Johan y Gustavo Re, sus dificultades con el castellano
producía risas, siendo de las parejas de televisión más simpáticas
Los lunes con “Amigos del lunes” presentado por  Franz Johan y Gustavo Re, una de las parejas más simpáticas de la televisión. La noche del viernes con “Estudio 1”, era de los programas más seguidos y pasaban 
Estudio 1, con José Bodalo en la obra "Doce hombres sin piedad".
todos los mejores actores de la época. Los sábados con “Gran Parada”, “Noche del sábado” o “Noche de estrellas”, musicales muy del gusto de la época y el domingo con el fútbol
Luís Aguilé un asiduo del programa "Noche 
y las películas de
series.


Ahora nos tenemos que situar en el Topares de 1962, sus vecinos apenas han pasado de la Cuesta del Cebo o del Moralejo, sobre todo las mujeres. Los hombres han tenido que salir para el servicio militar, pero
Bonanza, de las series más famosas de la tele 
tampoco mucho más.
Así eran bastante susceptibles y, como cuando el hombre llegó a la luna, no muy propensos a creerse eso de que las imágenes volaban por el aire hasta llegar al pueblo. Entonces, más de uno, miraba disimuladamente por detrás del televisor para ver a los hombres que, pensaba, estaban dentro del aparato, tampoco era raro encontrarse con alguien que les hablaba.

Cartel de lujo de la época
Sirva el anterior párrafo para entrar en el gran día de la televisión, la tarde de los toros. El salón se ponía a rebosar, traían merienda, botas de vino y muchas ganas de pasar una tarde todos juntos. Sus reacciones eran como si estuviesen en la plaza. Aplaudían, pitaban, sacaban pañuelos pidiendo la oreja, tal como si estuvieran  presentes en el festival.
Las disputas de los cordobesistas con los partidarios de Paco Camino o Diego Puerta, los gritos de susto en las cogidas, pitos a los picadores, abucheos a la presidencia, la algarabía cuando saltaba algún espontaneo. Aquello era vida y las apostillas de otros más mayores cuando decían que como Manolete no había ninguno, cuando puede que ninguno de ellos lo había visto torear...
El pueblo se paralizaba para la ocasión, claro que había circunstancias que no siempre dejaban que la fiesta fuera completa. Las temidas interferencias, los moros se decía, sin que nadie supiera a ciencia cierta eso que era. Toda la pantalla se transformaba en una serie de rayas, Las imágenes empezaban a desfigurarse hasta que se convertían en unas rayas horizontales que ocupaban todo el monitor.

Las interferencias, en este caso se adivinaba algo,
en la mayoría de los casos ni eso
Todos allí, con la esperanza de que nos dejaran ver la corrida tranquilamente. No penséis que eso era de uvas a peras, no, era más fácil que tuviéramos las interferencias que se viera nítido, y aún en los casos de suerte, rara vez se escapaba sin dar un poco el tostón.
Más de una tarde, después de esperar más de una hora nos íbamos con el rabo entre las piernas sin poder ver un maldito pase, ahora bien, la bota del vino había circulado y retornaba vacía y las viandas de la merienda bien aprovechadas, que al menos alegraban un poco la tarde.

Al cabo de unos años vendrían las televisiones pequeñas con batería, el teleclub, pero todavía faltaban muchos años para que las viéramos normalmente en las casas.

La carta de ajuste, con la que empezaba la tele, a eso de las seis, y con la que terminaba
allá por las doce, después todos a dormir.

jueves, 10 de noviembre de 2016

A Almería

Al fin pasó el verano y el otoño camina hacia su parte final. En total han sido cinco meses de estancia en Topares, tiempo que no había pasado seguido en el pueblo desde que salí para estudiar con diez años.
Han sido muchos días, uno tras otro, días para todos los gustos y maneras. Todo comenzó con mucha ilusión, pero fue languideciendo hasta terminar por desear vehementemente en final del periodo.
He estado bien pero no he estado bien. He disfrutado pero no he disfrutado. Aquello que parece que va bien pero resulta que siempre te queda un poso de tristeza. Todo dentro de una dicotomía, querer huir y no querer.
Es una situación difícil de entender, allí en parte lo tengo todo, pero algo invisible me falta que me atormenta y no  me deja complacerme, quizás sea ese espacio concreto que cada uno nos fabricamos en nuestra morada. Quizás sea la falta de una libertad que allí me cuesta encontrarla.
Puede ser que todo lo causen esos rincones que tenía muy plenos y que no hay manera de poblar con nada, o también  que el vivir en soledad me ha llevado a ver la vida en singular y allí no era posible.
Es también una sensación como si mi cuerpo se entristeciera mucho, pero no es de pena sino de vejez, la impresión de que antes de irme de un lugar ya me había ido, la de no estar ni dentro ni fuera. Así las noches se sucedían sin dormir bien, agobiado con tantos recuerdos del pasado y de tantos proyectos de futuro.
Ya estoy en Almería y trato de recomponer mi triste figura. Mi mujer no aguantaba mucho tiempo con la misma distribución y decoración de la casa. Muchas veces sentía que había que renovar ilusiones y cambiaba todos los muebles de sitio, ella sola en muchas ocasiones. Parecía que un nuevo aire ocupaba la estancia.

Nada más llegar a Almería así he hecho. He subido mesas y sillas para Válor y me he bajado otras, ahora estoy como un niño con unos zapatos nuevos, un niño de antes, cuando se estrenaba unos zapatos en toda la infancia. Bajo la cálida luz de un flexo, trazo estas líneas con ilusión de un invierno productivo.








jueves, 6 de octubre de 2016

RECUERDOS 1

En mis años de infancia no recuerdo  tener frio, tampoco calor. No tenía hambre, ni me levantaba con sueño. No   me aburría, ni me importaba que lloviese o nevase. Parece que todo lo físico no hubiese existido, cuando seguro que fue.
Pero los recuerdos de crío  reverberan en mi memoria. Recuerdos de juegos en los recreos de la escuela, desarrollados en el patio que demarcaba todo el pueblo.
Recuerdos de batallas imaginadas donde no moría nadie y todos nos considerábamos héroes. Imágenes de noches de verano estrelladas jugando a las cuatro esquinas.
Mis tiernos años están llenos de secuencias en las que la distracción con los demás niños se llena de  estampas y sensaciones.

Se dibujan  retratos de partidos de fútbol, en diversos campos, como eran las eras o, en los días grandes, el prado. Cuando contar con un balón de cuero te hacía amo del tiempo y del juego. Correr detrás de la pelota soñando ser Distéfano, Kubala, Pelé, Pirri, Asensi… o lanzarte a parar el esférico en el suave colchón del bálago creyendo ser Iribar o Yasin. Pero sobre todo jugar, compartir, eso sí, solo hasta que viniera la luz que nos proporcionaba el molino. Esa era la señal convenida en las casas para marcar el tiempo de juego en la calle. El recreo permanente había terminado, los chiquillos a la casa.




Recuerdo y sueño las tardes de toros. Medio pueblo, que entonces era mucho más que el pueblo entero de ahora, en el salón parroquial, el que se hizo con el esfuerzo y la aportación de toda la parroquia. Provistos de la correspondiente merienda y rezando para que esa tarde no entraran las interferencias. Las insoportables rayas que nos impedían ver el espectáculo y que a veces nos obligaban a imaginar pases y lances, culpando de todo a las emisoras moras, que nadie sabía que eran y que nos llevaban, a veces, a soportar dos horas de contornos e incertidumbres.
Pero todo lleno de sueños y quimeras, unidos en la suerte o la desgracia de poder disfrutar de la tarde o no, partidarios de unos y otros: del Cordobés, de Diego Puerta, del Viti, de Paco Camino, mientras en la hora del triunfo, los pequeños fantaseábamos con los brazos hacia el cielo y llevados en hombros de las gentes hasta la puerta del Mercedes o el Doge, máximo símbolo de la época del éxito. Visionando riquezas y alabanzas, lo que en la mayoría de las ocasiones nos llevaba a terminar en nuestro propio festejo. Donde por turnos pasábamos por ser toros, toreros, banderilleros o picadores. Protestando, como toreros, cuando algún toro salía más con idea de fastidiar que de colaborar a nuestro éxito.



Así, entre sueños y quimeras llegaba nuevamente la venida de la luz del molino y parecía que, como si de la mili se tratase, un toque de retreta nos llevaba invariablemente a recogernos en la casa, saboreando los oles de la corridas y dispuestos, desde el mismo momento de levantarnos,  a ser felices un día más.






Imágenes sacadas de nternet. Se retirarán a petición
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