Eran las seis de la tarde del 17
de enero, día de San Antón, de 1973, cuando llegó la luz de la Sevillana a
Topares, que en otros lugares llaman del Chorro o de La Compañía.
Ese día llegó la luz desde fuera al
pueblo, pero aquí, mucho antes, ya había luz eléctrica producida en el mismo
pueblo, antes incluso que en los pueblos de alrededor más grandes.
En 1915 se pone en funcionamiento
un molino, el Molino. Toda nuestra diputación es gran productora de cereales y
era necesario una fábrica para elaborar y dar salida al producto, en él se
molerá una gran cantidad de trigo y cebada, destinada al consumo de los
animales y las personas. Unos emprendedores, como se llamarían ahora, ponen en
marcha el molino movido por un motor de aceite pesado.
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Dos imágenes del molino, la fachada principal y la lateral, la de la vivienda, ya cerrado,
llega un momento que prácticamente todo el grano se va fuera y con la llegada de la luz de Sevillana,
ya no tiene sentido, con lo que un emblema del pueblo se cierra. |
Entre 1915 y 1920 se electrifica
el pueblo. Se ponen bombillas en las esquinas de las principales calles y se
lleva hasta las casas, en donde cada uno, según sus pretensiones ponen, por lo
general una bombilla en la cocina-comedor, a lo sumo dos o tres en toda la casa,
ya tirándola por la ventana. Se paga por punto de luz, por cada bombilla, así
no había interruptores ni nada, siempre encendida. La gente, cuando vino la de
la sevillana, tenía miedo de que se les olvidara de que tenían que apagar la
luz cuando no fuera necesaria con los interruptores, después no pasó nada, al
día siguiente, viendo la comodidad de tenerla en todas partes ya nadie se
acordaba de la del molino. Cuando este deja de funcionar se pagaban 25 pesetas
al mes por cada bombilla.

La luz no funcionaba a todas
horas. Cuando empezaba a oscurecer venía: “¿Ha
venido ya la luz?, se preguntaban. Ese momento era una señal importante.
Los infantes nos teníamos que recoger:
“En cuanto mismo venga la luz a la casa”, si no, podías encontrarte a la
madre con la alpargata en la mano. También, en muchas casas, era la hora de la
cena, se recogían las gallinas, en fin, se preparaba la vivienda para la noche.
Tampoco era que estuviera toda la
noche encendida. A eso de las doce, la luz se apagaba y se encendía tres veces.
El mensaje era claro, en cinco o diez minutos la luz se “iba”, o sea se
apagaba: “Vamos, a dormir, que la luz se
va”, nadie sabía dónde, pero se iba. Era el momento en que volvían a
aparecer quinqués, candiles, palmatorias, velas… necesarias para terminar la
velada o simplemente para llegar a las habitaciones.
Una fotografía de 1932 nos
permite ver la calle San Vicente con el tendido eléctrico y alguna bombilla, o
por lo menos el soporte, pues parece que la bombilla está rota. Así, ese mismo
año los alumnos de la escuela de niños de Topares le mandan una carta a los de
otra escuela de Málaga y le dicen lo siguiente: “En frente de la iglesia, un poco más abajo, está el molino que muele el
trigo y da la luz eléctrica. El molino tiene dos piedras que las mueve un motor
de aceite pesado que también le hace andar a la dinamo para la luz”.


Al ser de muy bajo voltaje, pues
toda la potencia se tenía que repartir para todo el pueblo, los aparatos
eléctricos no funcionaban. Por eso, aclarando a mi amigo Josep, en la iglesia
pusieron otro motor para tener luz propia y así poder hacer funcionar la
máquina de cine y después la televisión. Cada noche del cine (El Gordo y el
Flaco, alguna del Oeste o alguna folclórica o patriótica), el salón se ponía a
tope, lo vivíamos como si dentro de la película estuviésemos, se aplaudía, cuando
salía el bueno, se silbaba al malo y en el invierno, al salir, nuestras madres
nos decían: “Tápate la boca, que te
resfrías”.
Rara vez se alargaba la luz más
de las doce, con ocasión de alguna vela o un hecho excepcional se podía estirar,
como mucho, hasta la una o las dos, pero en muy raras ocasiones. A veces las
señales, como llamábamos al aviso para apagarse: ¿Han dado ya las señales?”, digo que a veces esas señales no eran
tres, sino una o dos, nada tenían que ver con nosotros, eran mensajes dirigidos
a los propios del molino o a algún trabajador para que regresara al mismo.
En las calles principales, en las
esquinas, había una bombilla. Entre las pocas que había y la poca luz que daban,
en la mayoría de las ocasiones se veía menos que en una noche sin luna. Eso si
había bombilla, pues frecuentemente eran utilizadas como blancos por la
zagalería, que con sus tirachinas jugaban a hacerlas añicos. También corría
peligro de muerte si en su radio de acción se gestaba algún noviazgo o
alumbraba mucho a alguna reja indiscreta, en ese caso durante el tiempo que
durase el romance tonto era el sustituirla.
De esos tiempos del molino se
pueden contar un sinfín de cosas. Estaba la escalera del molino, bueno se podía
decir del pueblo, parecía el marrano de San Antón, pues la encontrabas por
todas las calles, o de sus encargados que parecían vestir siempre de blanco,
bañados en harina como iban, pero bien por hoy dejamos aquí el asunto, ya habrá
otra ocasión para volver.
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