Año
tras año cuando llega el 7 de agosto se acumulan los recuerdos, se reviven en
mí ser sensaciones, nostalgias de una vida espléndida compartida con mi amada.
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Camino de la iglesia |
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La alegría, la felicidad inundaba Almería |
Era un
7 de agosto de 1982 cuando Rosario y yo manifestamos delante de amigos y
familiares nuestro deseo y propósito de compartir una vida de ilusiones, de
amor, de fantasías y esperanzas.
Yo
trabajaba en Balsareny (Barcelona) y volvía a Almería para establecer una vida
juntos. La ceremonia tenía que ser un manifiesto de niños traviesos, desprendida
de toda pomposidad y alejada de cualquier signo de seriedad. Todo se tenía que
desarrollar bajo el prisma de un juego de jóvenes inocentes, limpios y puros en
los sentimientos.
Ella se
valía de que el oficiante fuera su tío, infantil como el que más, contribuía a crear esa atmósfera tierna en la
que se desarrollaría el acontecimiento. Rodeados de sus menudos sobrinos que le
conferían al suceso ese aire de chiquillada travesura y arropados por jóvenes
aún más ilusos que alejaban todo vestigio de seriedad de los mayores.
Era una
proclama de intenciones, voluntades de los que sería nuestra vida juntos. Vida
en la que iba a reinar la fantasía, la imaginación, la ilusión por compartir
las alegrías, también las penas y penurias, donde siempre ardiera la llama viva
del amor. Entregados a nosotros mismos y
a nuestros amigos.
Donde
nuestra intención ha sido siempre sumar, nunca quitar, coartar. Sumar mayor
libertad, mayor ilusión, sumar para que cada día que comenzaba estuviese pleno
de caricias, de delicadezas, de atenciones, de propósitos para hacernos más
felices.
Lo evoco
como un día maravilloso, inicio de una aventura aún más exquisita y que la
asquerosa enfermedad truncó hace dos años, pero que en el tiempo permanece en
mi viva, las emociones a flor de piel y resucitándola a cada instante.
Cierro
los ojos y libremente acuden a mí sus aromas, sus sabores, y su voz cariñosa,
sugerente llena mis oídos de tiernas palabras.
La nostalgia de su piel me hace
estremecer de cálidos escalofríos, como si nunca hubiera dejado de acariciarme.
Pero
también su recuerdo asfixia. Su delicadeza, se sensibilidad, su pasión no me
dejan acercarme a otras personas, no me dejan buscar otras compañías.
Su
memoria es la que me permite vivir, me proporciona las ilusiones para seguir
caminando, avanzando en mi viaje a lo eterno. Su presencia viva es la que me
llena de fuerzas para intentar nuevos retos, para no dormirme cada día en el
sopor de la apatía y la abulia.
Aquel 7
de agosto permanece incólume, impoluto en mi mente a través de los
tiempos, añorado y perpetuado en cada
momento, que me hace pensar en la suerte, en la dicha de haber compartido una
vida de felicidad con Rosario, con mi Saio.