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viernes, 30 de marzo de 2018

El mar se hizo tal vez para la espera


El Ayuntamiento de Roquetas convocó un concurso de micro relatos de 100 a 200 palabras con la obligación de incluir el poema de Julio Alfredo Egea: "El mar se hizo tal vez para la espera". Al final no lo presenté, ahora lo publico en mi blog.

Paseo marítimo de Almería
Después de todo lo vivido volvía a sentir la suave caricia del aire marino.
Se había marchado huyendo de su propia voracidad.  Su avaricia le llevó a intentar apoderarse de aquello que nunca podría lograr por la fuerza.
Regresaba a su tierra con la fe de la reconquista, una vez que había pagado todos sus errores.
Pasó toda la mañana en un banco del paseo marítimo, su mirada perdida en el infinito horizonte, con el corazón lleno de amor y deseo.
Su culpa la había saldado con la paciencia de la esperanza. En esto que, hacia el mediodía, vislumbró, acercándose, la sonrisa de la persona amada. Al instante se acordó de las palabras del poeta: “El mar se hizo tal vez para la espera”.

lunes, 6 de noviembre de 2017

PRIMEROS DÍAS (2)

Cuando empiezo a escribir es difícil parar, por eso la necesidad de partir las entradas.
Emilio Flores Gea, desde Murcia, nos decía, uno de estos días que la feria de Vélez Rubio de octubre era del 10 al 14, precisamente los días que nos incorporábamos al colegio. En aquellos años, nunca era antes de octubre. Fueron días en los que mi asombro no podía alcanzar niveles más altos. Los ojos de un niño pueblerino se querían salir de sus órbitas pues no podían descifrar tantas imágenes ni momentos.

Los coches de choque, “los cochecicos”, antes nunca vistos ni imaginados. En mi ayuda acudió mi padre, como iba con camiones, esos primeros días, pasaba siempre a verme, imagino que la madre le encargaría pasar a ver al niño, a ver si necesita algo, a ver si está bien, ¿le gustan las comidas?, le daría toda una serie de encargos para su hijo pequeño. El caso es que mis tres duros estaban en manos del cura y yo tuve dinero para disfrutar de la feria.

Crecía un deseo ardiente de montarme en ellos, alternándose con el miedo intenso de que me pasara algo en los choques, que volcase, yo que sé, he sido demasiado miedoso en las aventuras. El primer paso fue solo mirar embobado, observar a esos bichos diabólicos que daban vueltas y vueltas. Parecía que todo giraba con un orden caótico, chocando de tanto en tanto los vehículos sin que aparentemente pasara nada. La contemplación duró horas, al menos un día. Por la noche llenándome de valor me prometí que al día siguiente pasaría a la acción. Alrededor de la pista estaban vigilantes los entendidos de siempre, los caras, hábilmente te liaban para que tú pagaras y montarse contigo. A la segunda vuelta, aunque  habías sido el pagador, se apoderaban del auto y pasabas a ser mero espectador de su manejo. Claro, aprendí la lección y poco a poco me lancé a conducir yo solo y, tratando de esquivar a los demás, buscando siempre los espacios solitarios, fui disfrutando de ese nuevo capricho. Acabé, por la noche, soñando con volver al día siguiente con mis cinco duros para seis viajes.
En la plaza de la churrería, una atracción que giraba y giraba,  iba sentado en unos asientos circulares, para un grupo, del techo colgaba una pera de boxeo que debía golpear al paso, los caballitos o tio vivo. Todo era novedad, todo era experimentación, de los estudios aún no me había enterado de nada, no tenía tiempo.
Soñador, inquieto, observador, titiritero, iluso, admirador de lo último, con todos esos adjetivos, ya podéis imaginar que en esos días no había ni un momento de descanso, De día ocupado en descubrir todo lo que se me iba ofreciendo al paso, de noche soñando nuevos descubrimientos y tratando de imaginar lo que me esperaba después de despertar.
Había niños que lloraban la añoranza de sus padres, de sus casas. Yo no tenía tiempo ni ganas, era tanto lo que se me presentaba de nuevo que solo había lugar para la sorpresa y la ilusión.
Por las tardes en el instituto, antes de regresar al colegio, teníamos estudio, hora y media o dos horas, no recuerdo exactamente.
Allí me encuentro yo haciendo las tareas, nunca he hecho de más, pero aquellos días menos, recién empezados aún no habíamos cogido carrerilla, en diez minutos terminaba, porque lo que se dice estudiar, nada de nada.
Necesitaba todo el tiempo para pensar, para soñar despierto, para saborear todo lo que me pasaba aquellos días y hacer quimeras para los siguientes, aunque luego ninguna se cumpliera, pero era igual, a la noche siguiente volvería a fantasear con nuevos días llenos de maravillas.
Había guardado todo, libros, libretas, bolígrafos… todo. Estaba con las manos y la cara apoyados en la cartera, los ojos medio cerrados, nada difícil en mí, muchos me decían “japonesito” y, ¡ale!, a divagar.
En esto aparece el director por la puerta, con cara muy seria me dice:
-Alfonsito es que te crees que porque aquí no está la mamá nadie te vigila. Saca los libros y ponte a estudiar.

Se rompió todo el encanto, era el más pequeño y me trataban como tal, siempre he sido el más pequeño por donde he llegado. Aquel día aprendí a disimular con el libro y la libreta abiertos.

viernes, 17 de febrero de 2017

Presentación de la novela: "ENRIQUETA"

                     




“Llegar a un sitio con la historia borrada, sin familia que pida explicaciones, sin chismes y chismosos. Sin gente dolida por ningún desaire. Sin amigos ni enemigos. Como una recién nacida. La vida por delante y la nada por detrás. Pero, al salir de la estación y encontrarse en mitad de Barcelona, no había previsto aquel recio escalofrío de anchura que la sacudió por dentro…







El pasado sábado, 11 de febrero, tuvimos la presentación de la novela “Enriqueta” de la autora velezana Soledad Reche Artero, Sole para todos.
Con la asistencia de gran cantidad de paisanos, expectantes desde días atrás con la aparición de la novela y las buenas palabras de todos los que la habían leído. Al llegar la hora acordada, Sole, después de estar todo el día en un puro nervio se dispuso a presentar antes sus vecinos a “Enriqueta”, novela con la que el Instituto de estudios velezanos, iniciaba una nueva serie, de título: “Narrativa” y que no podía tener mejor comienzo.

En la mesa estuvo acompañada por su hermano Diego y por mí mismo, Alfonso, ilusionados por compartir con la autora momentos tan importantes.
Yo inicié la presentación, señalando que desde el momento que empiezas a leer, la historia, el ritmo te embauca y no te permite hacer ni un receso, cautivados por ese lenguaje vertiginoso que se apodera de nuestra voluntad para no poder parar hasta llegar a sus últimas palabras.
Enriqueta es atrevida, audaz, valiente, rebelde, imaginativa, alocada, sin nada que la frene, que le hace a la autora seguir un ritmo frenético, que nos transmite a nosotros y nos hace leer a una velocidad de vértigo.
Es un mundo entre el Secano y Barcelona, donde pasa de dominarlo todo, a no conocer a nadie. De tenerlo todo a mano a perderse ante la inmensidad: “las luces, las tiendas, los bares, la gente que salía de todas partes, el ruido, el olor a brea, humo y carbonilla, y hasta la niebla fría que ocupaba las calles al anochecer la fascinaron…”

Su hermano Diego Reche nos mostró como dentro de la novela te encuentras con relatos cerrados, de hecho, el primer capítulo puede leerse como un texto acabado, pero algo te está diciendo que después te esperan páginas maravillosas y se convierte en un excelente prólogo para lo que después nos espera.
Apunta dos cuestiones importantes en la obra, aparte otras muchas. Primero el estilo, rápido, con un lenguaje coloquial, ritmo, la capacidad de transmitir detalles. Después el título, puede parecer pobre como reclamo publicitario, la convicción de Sole se impuso, para ella ponerle un título más largo, adjetivarla, era como empujarle hacia un lado y había que mantenerla rebelde, imprevisible, atrevida. Al final, resulta que la autora estaba en la razón, parece que a medida que repites el nombre, el título tan rotundo, tan convincente, la narración va adquiriendo más fuerza, más peso: “Enriqueta”.
También nos aportó Diego que Enriqueta es una novela de mujeres entre mujeres. Solo aparecen dos hombres, uno al principio y otro al final, aunque determinantes, pero, son las mujeres las que se encargan de fastidiar o ayudar a la protagonista, las que ocupan todo el espacio.
En su prólogo a la edición nos cuenta Diego de forma magistral el proceso de creación de la historia: “A la chana chana, en el silencio de la vieja galería donde mi padre hacía fotos o retocaba los clichés, ayudado por la luz que se filtraba en sus ventanales, fue también revelándose y rebelándose esta zagalona con pelaje de lunera…”.
Entre preguntas y respuestas fue llegando el acto a su final, la última parte ocupada por una cuestión que a todos nos ocupaba la mente, la posibilidad de una continuación, ante un final particular.


Reconoció Sole que el final puede resultar abrupto, pero también como es la propia Enriqueta, pero, sin lugar a una continuidad, con argumentos como que todos los personajes tienen en su vida una época dorada, donde todo se plantea y todo se resuelve, y si no, quedan indicados los caminos a seguir en esa vida. Todos tenemos nuestro tiempo más interesante y en este caso continuar la historia puede suponer banalizarla, cargarla de páginas con minucias cotidianas y que a lo único que puede conducir es a que Enriqueta pierda esa velocidad de ardilla, pues esa marcha no se puede mantener siempre y eso la llevaría a perder mucho.
Fue una tarde noche maravillosa donde disfrutamos de la osada Enriqueta, contando además con una gran sorpresa, a la cita acudió María, la muchacha que aparece en la portada y que un día lejano vino a Vélez Rubio a hacerse una fotografía en los estudios Reche, precisamente a la casa de Diego y Sole, pues su padre era el fotógrafo Reche.

Sole Reche y María, que una foto que se hizo en su juventud, en los estudios del padre de Sole, ha servido de portada para la novela "Enriqueta".


Lo dicho una deliciosa velada.

jueves, 3 de julio de 2014

La redacción

John French Sloan. "South Beach Bathers"
. Imagen cogida de Relatos Conjuntos
Me llamo Diego, soy estudiante de 4ª de la ESO en Vélez Rubio. Me encuentro en mi habitación, sentado ante la mesa de estudio y delante de mí una reproducción de un cuadro de un señor americano llamado John French Sloan, al que un día, no tendría otra cosa que hacer, se le tuvo que ocurrir pintar un cuadro al que tituló: “South Beach Bathers”, algo parecido a bañistas de las playas del sur. Pero no os he contado que tenga que ver conmigo el citado señor.
Resulta, que la señorita Alba, la profesora de lengua, se empeña que cada mes hagamos una redacción,  ella los llama relatos, pero a mí no me engaña, mi padre dice que siempre ha sido una redacción. Hasta ahora bien, pues a mí me agrada mucho escribir, encontrar las palabras, revisarlas, pasarlas a limpio, me divierte todo el proceso de hacer la composición.
Lo que ya no me gusta es como ella quiere que lo hagamos. Nos enseña la foto de alguna cosa, un cuadro, un cacharro, un retrato y nosotros tenemos que escribir sobre ello, tampoco me disgustaría si fueran de ahora, pero no, son de cuando los coches andaban a pedales. Es que es muy rara.
Ya me diréis que me importa a mí estos bañistas, bueno es un decir, por los trajes parece que van a la iglesia. La muchacha exhibiendo su cuerpo, eso sí, tapada hasta las cejas, pues si quieres que admiren tu figura, quítate la ropa y enséñanos lo que escondes. Y la niña repipi, con el traje blanco y el sombrerito y, qué hace en la playa la mujer que la acompaña, si parece que están en el mes de enero. Pero déjate a estos y mira el señor que parece un marinero o un indiano contando aventuras imaginadas.
Que queréis que os diga, que no sé por dónde empezar, y tengo que hacer el texto, pues si no lo hacemos se enfada, todo y que es muy dulce cuando te manda los trabajos, pero cuando se enoja parece una leona. Es que es muy extravagante la señorita. Bueno y este mes al menos hay personas, el mes pasado nos puso una máquina de escribir, más vieja que la polilla, unas manos sobre las teclas y la palabra Qwerty. ¡Anda ya! Y ahora inventa tú la historia. Tampoco es que sea tan mayor, pero niño, parece como si hubiera existido en otra época. ¡Es que es caprichosa!
Pero la verdad es que a mí me gusta, aunque tenga sus locuras, siempre me pone cariñosas notas a los trabajos y, lo mejor,  nos hace apreciar nuestra lengua. Claro que si fuera por mi padre no sería igual, cuando me ve protestar porque no salen las palabras siempre me dice lo mismo: “Tanto español, tanto español, todos tenían que estudiar en inglés, incluso en chino, todos iguales, así nos entenderíamos y podíamos hacer más negocios”. A mí me da risa escucharlo, pues después es muy bueno y se porta bien conmigo.

Y ahora qué hago, le entrego la redacción a la señorita, si le he dicho que es muy rara y todo, claro también que me gusta lo que hace, bueno como es domingo, hasta el martes no la veo. Me lo pensare…


(Alfonsorobles, junio2014)

sábado, 17 de mayo de 2014

Vieja compañera

Ya estábamos otra vez. Como en los anteriores días Gracián se levantaba temprano, preparaba el desayuno, sencillo, un café con leche y una tostada de aceite. Sencillo pero que degustaba con deleite.
http://ca.wikipedia.org/wiki/M%C3%A0quina_d%27escriure                Después colocado delante de su vieja máquina, posaba sus manos sobre las teclas, acariciando cada una de ellas y dispuestos a entrelazar palabras que compusieran una historia. Antes de empezar a teclear, instintivamente, alzaba su mirada hacia el gran ventanal de la habitación y dirigía su vista hasta la profundidad del valle que se abría delante de su casa.
                Mientras, intenta encontrar esas primeras palabras que a veces cuestan tanto,  parecía que a su vieja Olivetti, cada vez le costaba más ponerse en marcha y llenar la estancia de su monótono machaqueo.
                Desde hace unas fechas le pasa que esas primeras palabras no aparecen, permanecen ocultas en el silencio de la mañana e, inevitablemente, día tras día se desespera. Hoy parece que será igual. Vuelve a asomarse a la ventana, enciende un cigarro y observa como el humo se expande y ocupa todo el recinto. Desalentado, apaga el cigarrillo en un gesto brusco y vuelve a enfrentarse al frío teclado. Pero los dedos permanecen quietos, agarrotados, como si hubieran perdido su vida y su mente no les mandase ninguna información para que empiecen su particular baile sobre las teclas.
                Enojado se levanta y vuelve al mirador. Esta vez intenta adentrarse más en el valle, se sorprende con una nueva visión del mismo, de pronto se da cuenta que el gris invierno va desapareciendo, se imagina una paleta en la que se mezclan  los colores de la naturaleza para lucir, en todo su esplendor, al cabo de pocos días.  Un aire de juventud, de vida, le agitó la cara y del valle le llegó el suave rumor del agua camino de las latitudes más bajas, en su aproximación al mar.
                Al momento se dio cuenta que su mente tenía que salir del letargo invernal, se percata de  que hasta ahora había buscado viejas palabras, y éstas se encontraban dormidas, como sus viejos recuerdos, sus añejas historias. Les pedían que las dejase yacidas, para poder dormitar en el tiempo de los tiempos.
                Resignado a sufrir un nuevo día sin escribir una palabra, se disponía a salir del despacho, cuando el timbre de la puerta lo sacó de su embotamiento. Para su sorpresa se encontró ante un empleado de mensajería cuando no esperaba nada. Tuvo que firmar y le entregaron un paquete con su pequeño sobre.
                Al volver a la sala miró la tarjeta que acompañaba, se veía que era un simple trozo de cartulina y una frase escueta:  “Con el deseo de que surjan nuevas historias”, se encontró, él que había prometido no abandonar a su viejo cacharro, con un rutilante portátil.
                En su cara se dibujó la perplejidad, abatido se dejo caer en una silla delante del artefacto moderno. Maquinalmente lo abrió. Se quedó atónito descubriendo el suave teclado, la mortecina pantalla, carente de voluntad le dio al play, tras el arranque apareció el mismo mensaje. Pasaron segundos, minutos, quién sabe. Por fin lo comprendió todo, necesitaba nuevas palabras, manifestar nuevos sentimientos, exteriorizar nuevas emociones, seguir a sus nacientes ilusiones. Dejar reposar en su interior las viejas emociones, experiencias, para él solo, y abrirse a una  nueva vida, proclamar renovados afectos y crear un joven lenguaje. Desvió su vista hacia la vieja compañera y, concluyo que aquel siempre sería su sitio, guardiana silenciosa de sus pasados recuerdos.
                Un brote de primavera recorrió su cuerpo, se acomodó delante del ordenador y empezó a escribir: “Gracias por abrirme nuevos caminos, por descubrirme nuevas ilusiones, por despertar estrenados sentimientos...

Texto para relatos colectivos. Alfonso. Mayo 2014

miércoles, 12 de febrero de 2014

sueño

                En una mañana de sábado, de aire transparente y rayos de sol refrescantes entrando, tímidamente, por la ventana de la habitación, me despierto y, en ese momento, en que aún te encuentras más cercano a Morfeo que a la lucidez de la mañana, me acude este sueño en tres escenas.
          Escena 1. Me encuentro inquieto, me ronda una pregunta. ¿Por qué ahora no le doy besitos en el cuello a Rosario? ¿Qué ha pasado, qué explicación hay para no hacerlo? ¿Qué dificultad se cruza para impedirlo? ¿Por qué últimamente no la cojo con ternura y le ofrezco esos mimos que me agradan?
            Escena 2. Se me aparece, seguramente, en la cocina, llevando su rebequita celeste cielo. Me acercó por detrás, la acurruco entre mis brazos y la acaricio con mis besos en el cuello y la nuca.
            Escena 3. Todo se desvanece, la realidad me sorprende y me dice que Rosario hace que emprendió el viaje a la eterna obscuridad.
                Puede que todo se haya desarrollado en una fracción de segundo. Con distintas formas el sueño se repite en otras ocasiones. Se crea una dificultad entre nosotros y, como siempre ha sido, nuestro amor lo vuelve felicidad que se rompe cuando se me muestra su muerte.
                En ese pequeño lapso que dura mi fantasía la siento en su plenitud. Su piel, su voz, su imagen, su presencia se hace realidad para evaporarse en un suspiro. La tristeza más monstruosa me sorprende, pero a la vez, prodigiosamente, una corriente de placer y alegría recorre mi cuerpo, es lo que me hace vivir.

                En el recuerdo de su cumpleaños.

En nuestra casa de Válor

Siempre hubiera querido ser una artesana

En Topares, donde nuestra pasión explosionaba


lunes, 9 de diciembre de 2013

fantasías

Bruno estaba sentado en la mesa de una taberna, hacía tres años que había perdido a su pareja y no lograba desprenderse de la añoranza.
                Mientras saboreaba su cerveza entra  un grupo, descubre entre ellos a una mujer que atrae su intención. Es de edad incierta pero definida, más cercana de los 50 que alejada, de todas maneras rondando esa plenitud misteriosa.
                Cubrían sus piernas unas medias de malla, negras con grises calados, dejando intuir una piel blanca sin aclararla. Viste una falda corta, verde hoja  cuadriculada con líneas negras.
                Bruno desliza su mirada de cuando en cuando hacia ella, está sentada en un taburete alto frente a él. Su imaginación vuela, el cruce de sus piernas le acerca su piel y siente la necesidad de volver a disfrutar, saborear del suave contacto de dos epidermis que se rozan, se buscan y se adhieren hasta sentirse una sola.
                Sus manos, en su mente, recorren cada uno de sus poros, para descubrir  todos sus rincones, mientras sus miradas se desean. En su quimera aspira sus aromas, escucha sus susurros, sus silencios  para abrir su interior. Localizar su espíritu para saber de su inteligencia, de su amor, de su pasión.

                La recia voz del camarero anunciándole la cuenta le borra la fantasía. Perturbado, alcanza la calle, donde la fría brisa de la mañana le deja  la pregunta de si habría merecido una sola mirada de ella.














Fotografía de internet, se retirará a petición




martes, 26 de noviembre de 2013

PRIMER ENCUENTRO



Era una profunda noche de invierno. Habían llegado ese mismo día. Ella, desde cálidas tierras. Él,  desde el frío húmedo del norte. Ella, buscando la calidez humana de los pequeños pueblos. Él,  en su continuo retorno a los orígenes.
          Ella, enfundada en su chaquetón burdeos, cubriendo un  jersey rosa, siempre rosa, y su falda negra de lienzo. Él, acurrucado en su anorak crema, vaqueros y cualquier suéter cogido al azar. Los dos, botas de caña, ella negras, las de él, marrones.
           Unos amigos los presentan. Inmutables, un leve movimiento de cabeza sella el momento. Las miradas se cruzan y en ese instante surge la necesidad de conocer que encaran esos ojos.
           Nada dijo él, solo se dio media vuelta y se encaminó al bar. Su cabeza se lleno de conversaciones en la noche, de momentos, de amistad, de ilusiones,  de un mañana que comenzaba…



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