El conjunto de celebraciones, fiestas y acontecimientos lúdicos de un pueblo, constituye lo que llamamos ciclo festivo. En el estudio que hacen los antropólogos de la forma de vida y sus relaciones de los pueblos, este ciclo festivo es tenido muy en consideración, pues en el desarrollo del mismo se reproducen muchas de las relaciones sociales que se dan en la vida cotidiana.
Para comprender y conocer cuál ha sido la forma de vida de cualquier sociedad, el antropólogo no solo estudia su ciclo festivo, además se interesará por sus utensilios, sus costumbres, trabajos, pensamientos, legados que nos llegan de forma oral o escrita, cuando no dibujos y representaciones de sus tareas y celebraciones. Todo cuanto nos permita conocer su evolución, buscando quizás, justificar nuestros modos de vida actuales e incluso tratar de establecer como evolucionaremos en un futuro.
A raíz de la entrada sobre las fiestas de San Isidro me han llegado por vía de José Antonio López unos folletos de teatros y fiestas de los años 50, como documento ya constituyen una joya pero fijémonos en ellos para saber un poco más de aquella sociedad.
Tengo que decir que mi memoria de niño me trae recuerdos de finales de esta década y sobre todo de los años 60, pero los cambios en esos tiempos eran mucho más lentos que en la actualidad, así que no diferían tanto de lo que yo viví en mi pequeñez. Quizás la mayor divergencia es que a principios de los cincuenta no se había iniciado la emigración masiva, ya lo hacen algunas familias pero fue tocando más a los sesenta cuando se empieza a vivir la fuerte emigración. De aquellos 60 yo no recuerdo que se hicieran panfletos para anunciar las fiestas, ni que se diera gran pomposidad a las mismas.
Observamos que como corresponde al momento en que se vive tienen muy marcado su carácter religioso. En esos años ha habido una donación de una virgen, la de Fátima, al pueblo. Así el 12 y el 13 se le dedica diversos actos litúrgicos. Se inicia el 12 por la noche con una vigilia, en cada hora se le reza el rosario con los misterios cantados, pata terminar con una plegaria y cantar el himno de la Virgen de Fátima. Ya en el 13, a las 5 de la mañana, hoy día estaríamos en la verbena, se celebra la misa y al finalizar la misma se procesiona la imagen por el recorrido de costumbre, utilizan lenguaje de empaque, dicen por la carrera de costumbre. Seguro que de la misma participaba la gran mayoría del pueblo, primero porque había muy pocas cosas que alterara la vida diaria del mismo y a fin de cuentas era un motivo de hacer algo diferente, en segundo lugar porque en la época la iglesia detenta un gran poder y está mal visto faltar a las actividades eclesiásticas.
El 15 de mayo la festividad del patrón, solo San Isidro, se celebraba siempre en su día, afectaba solo al pueblo y entonces se distinguían poco los domingos de otros días, solo porque había que asistir a alguna de las misas que se celebraban.
La procesión se anuncia antes que la misa, transcurre por el campo y carrera de costumbre, no hace alusión a la subasta de los varales, pero tenemos noticias de celebrarse siempre. Al finalizar se anuncia una solemne misa, en el que a semejanza de ahora, anuncia que será cantada por el coro de jóvenes de la parroquia.
Para la tarde, la única actividad lúdica, la carrera de cintas, bordadas por las jóvenes de la localidad, seguro que esas carreras constituían la formalización de más de un noviaje, inicios de otros tonteos e incluso alguna peleilla porque algún mozo se llevaba alguna banda que no estaba destinada para él.
Pero solo es un descanso, volvemos a la iglesia, estamos en el mes de las flores y hay que hacer la oración a la virgen, seguro que además con más boato al estar dentro de las fiestas.
Para acabar el día un nuevo motivo festivo, la fiesta de la pólvora y traca final. Nos podemos imaginar lo que sería, cuatro cohetes y uno un poco más gordo, pero seguro que para aquellos vecinos serían toda una maravilla.
Cierto que ellos vivían el día con gran emoción y alegría, después vendrían las jornadas iguales, iguales para trabajar, sin más alicientes que las tertulias de los bares, los ocasionales bailes o las conversaciones con el novio o la novia, también las chácharas en las trasnochadas mientras se hacían las tareas de las casas.
Era frecuente oír un refrán que decía: Hay tres jueves que relucen más que el sol, jueves santo, corpus Cristi y la ascensión del señor. Pues en el año que nos ocupa al coincidir la ascensión en la semana de San Isidro, se celebra con anuncio de la misma. Al ser jueves podemos deducir que la fiesta del patrón fue en lunes y vemos como no se anuncia nada para el domingo anterior. Ya es fácil adivinar en qué consistía la fiesta, para este día anuncian dos misas, a las nueve de la mañana una en la que hacen la primera comunión los niños y niñas de la escuela. A las doce vuelta a la iglesia para celebrar una misa solemne, en la que se cantarán motetes y habrá Bendición Solemne y Reserva. Para rematar nuevamente terminamos a las nueve con las flores.
No es difícil establecer diferencias con las fiestas actuales. En las de aquellos años vemos que el eje central y casi único es la religión. En las actuales el eje central y casi único es la diversión, que si fiesta del mediodía, atracciones para los pequeños, música, baile, bares, bebida, comilonas. Como se decía cuando el progreso se iba abriendo paso, si nuestros antepasados levantaran la cabeza, la volverían a agachar de susto.
domingo, 10 de julio de 2011
miércoles, 8 de junio de 2011
San Isidro
Escribo esta nueva entrada cuando vuelvo de las fiestas de San Isidro y como siempre que voy al pueblo regreso lleno de alegría y felicidad.
Alguien que lo quiera ver desde la indiferencia de fuera y no desde el afecto de los que pensamos que Topares es algo diferente, pueden argumentar que había poca gente, que no había atracciones, que nada era diferente. Es igual, nuestra satisfacción es la de disfrutar de Topares, tal como es.
El viernes doce, por la noche, se celebró la fiesta de los llamados “nuevos amigos”, los vecinos de los alrededores venidos desde Rumanía. Nos mostraron sus bailes, su gastronomía en forma de dulces. Topares, si por algo destaca, es por su sentido de la acogida, así pudimos disfrutar de la fiesta todos a una, admiramos sus formas de bailar, su sentido del ritmo, todos fuimos partícipes de su alegría y sus costumbres.
El sábado 14, por la noche, el conjunto, como en cada acto que se celebra toda la gente presente formaba parte de un todo; pequeños, medianos y grandes tuvieron su momento, por etapas. La fiesta se alargó hasta altísimas horas de la noche o a primeras horas de la mañana, como cada uno prefiera, yo me acosté a las cinco, inmensamente feliz, los que conocéis mi especial situación de los últimos tiempos, comprenderéis que el ver a Rosario bailar y disfrutar de la fiesta vivamente me llenase de alegría y felicidad.
El 15, domingo, la festividad del patrón. A las doce y media, la misa, la gente con las ropas de las grandes ocasiones , hombres con traje y mujeres con sus principales galas. Al final la procesión, parece que por influencia del santo se aplacó el frio y el sol aparecía radiante para obsequiarnos a ratos con sus mejores rayos.
Nuevamente desde fuera, se podía pensar que éramos pocos, pero los que suspiramos por la relación de las personas, observábamos una ceremonia familiar, todos unidos, podíamos pensar en un paseo comunitario, de todo el pueblo. Los campos preciosos, el sacerdote bendijo todo lo bendecible y los agricultores marcaban cara de satisfacción viendo los sembrados verdes y frondosos.
Para la entrada del santo se realizó la tradicional puja para ver quiénes eran los porteadores del mismo en la entrada a la iglesia. Corta pero no exenta de emoción, los propietarios de tierras se animaron ante la bonanza del año, implorando a San Isidro para que la cosecha se termine de cuajar. Los varales delanteros se subastaron en 150 € cada uno y los traseros en 100. La santa se entro en 100 y 60 € respectivamente. Además se recogió en los tradicionales pasos adelante y atrás otros 200 €. La Hermandad acordó que el dinero recaudado fuera para los damnificados del terremoto de Lorca, cuestión que quizás favoreció para que se alcanzara mayor cantidad.
En mis tiempos de crio, hablamos en los primeros años de la década de los sesenta la fiesta era muy distinta, todo se resumía, prácticamente, en la misa y la procesión, ahora bien, recuerdo perfectamente la plaza de la iglesia a tope esperando el comienzo de la misma, todos con las mejores ropas y dejando por un día las faenas del campo, en mi recuerdo se dibujan días soleados, de dos grandes filas en la procesión, en la que participaba solo San Isidro. Sin banda de música se lanzaban unos pocos cohetes a lo largo de la misma, también antes de la misa como llamada a todos. Cierto año, cuando más concurrida estaba la puerta de la iglesia, por la circunstancia que fuera se escapó un cohete a ras del suelo y fue a estallar a la esquina de la que era la casa de la Pepa del estanco, por suerte no paso nada, pero si dio lugar a saltos y gritos y a un susto general.
Como decía, entonces solo sabíamos de la existencia de San Isidro, no sabíamos ni que tenía mujer, su entrada era muy reñida, tengamos en cuenta que era, casi realmente, el único hecho diferenciador de la fiesta. Había verdaderos entusiastas de la subasta, otros le encantaba jugar a que le dieran alguna vuelta al santo, pasos adelante y atrás o alguna otra gracia. El caso es que la entrada se tomaba su tiempo y siempre era motivo de expectación y alegría. Los ofrecimientos eran en fanegas de grano o diversos productos de la ganadería y era un momento para que los agricultores más pudientes demostraran delante del pueblo su progreso y categoría social, los que al final entraban al santo eran considerados como los más influyentes, aunque a algunos de los tenidos como más importante su sentido de la generosidad no les permitía pujar muy alto, preferían el conservar lo suyo al honor de entrar al santo. Tener en cuenta que solo eran cuatro brazos para entrar y participaban los pudientes de Topares y todas las cortijadas de los alrededores. Los mismos que portaban al santo o sus testaferros podían dar limosnas para que el mismo se acercara a la puerta, incluso alguna vez se situaba en la misma entrada y otro daba otra limosna más grande para que volviera a la tapia, así pasaba el momento y los chiquillos, como siempre en primera fila, disfrutábamos de la lucha de los mayores. Finalmente el santo entraba y se finalizaban las fiestas, como mucho que por la tarde se organizara algún baile de parrandas o pasodobles, pero raramente. Los vecinos se iban a comer el arroz u otra comida que fuera un poco más notable de lo habitual y a la tarde cada uno volvía a sus ocupaciones.
En aquella sociedad se vivía con más intensidad la influencia de lo divino y el papel de la cosecha era fundamental en la economía del pueblo, por eso la disposición a la fiesta cambiaba mucho según iba el año, cuando la sequía reinaba todo era más triste y pobretón, en los años de gran primavera y perspectivas de buena cosecha la alegría y esplendidez dominaban los actos.
A principios de los años setenta se conjuraron los próceres del pueblo y junto con la Hermandad de Ánimas para poner en marcha lo que serían las fiestas de San Isidro. En esos años iniciales fueron unas grandes fiestas, visitados por gran cantidad de gente de los pueblos colindantes, María, Velez-Blanco, Velez-Rubio, numerosos actos se celebraban a lo largo del fin de semana. Concursos de tiro al plato, corridas de cinta, concurso del manejo de los tractores, exposiciones de maquinaria agrícola, grandes bailes con excelentes conjuntos de la época, con actos significativos para la elección de la reina de las fiestas y sus damas. Eran fiestas elaboradas con gran entusiasmo y dedicación.
Eran otras circunstancias, las fiestas eran donde se hacían cosas que el resto del año no ocurrían, se salía al bar en familia, no solo los hombres, se bailaba, venía mucha gente al pueblo, era diferente. Primero fue la despoblación, cada vez menos gente, ahora parece que todo el año es una fiesta, durante las mismas no haces nada que no puedas hacer durante el año. No solo están las fiestas de tu pueblo sino que vas a todas las de los alrededores, además fiestas con cualquier excusa, así es difícil encontrarte un fin de semana que no se celebre algo, hasta el fútbol es un motivo para organizar una fiesta, y cuando no hay nos la inventamos, el caso es que hoy parece que lo más importante es la diversión y el pasárselo bien. En tiempos pasados la necesidad de comer y cubrir tus necesidades te ocupaba el mayor tiempo de tu vida, por eso cuando llegaba el “DÍA DE LA FIESTA” había que aprovecharlo al máximo, claro que ese máximo hoy nos parecería una chiquillada, ese día podía ser tomarte una cerveza, un cubata o comerte un pastel.
También la importancia del agricultor ha decaído, otrora la importancia se medía por las fanegas de cebada o trigo que recogías o las ovejas que tenía el rebaño, ahora medimos por el dinero que llevas en la cartera, el coche más grandes o cuando no por la cantidad de préstamos que tienes, eso ha hecho que las pequeñas cosas por las que se ha movido el pueblo dejen de ser importantes y así la vida en Topares transcurre como la de cualquier otro lugar de España, menos mal que nos queda la calidez de sus vecinos, la belleza de sus campos y la tranquilidad de sus espacios.
miércoles, 11 de mayo de 2011
semana santa 1
Siempre me hubiera gustado que personas mayores hubieran dejado escritos de cómo era la vida en Topares a principios de siglo XX, por eso trato con estos escritos que aquellos que después estén interesados en la vida del pueblo en los años sesenta puedan tener una referencia.
En esta ocasión y aprovechando la época escribo sobre la semana santa en aquellos años, que tenía su cosa. Todo empezaba con el miércoles de ceniza y la llegada de la cuaresma. Desde la escuela nos llevaban a la ceremonia y todo el pueblo lucia durante el día la inequívoca señal de que había sido encenizado como correspondía.
Durante la cuaresma, los miércoles y los viernes no se comía carne, además el viernes se ayunaba. Aquellos que podían sacaban una “bula” en la iglesia que les permitía comer carne los miércoles. Era un especie de permiso que concedía el papa a cambio de una aportación a la economía de la iglesia.
Desde temprana edad, se hacía durante el tiempo de la cuaresma algún tipo de sacrificio. Entre los hombres era frecuente no fumar, no beber vino o café, no ir al casino a determinadas horas o no comer algún alimento determinado. Entre las mujeres el sacrificio estaba más relacionado con la comida, sobre todo los dulces. En algunos casos se hacían ente los matrimonios sacrificios más íntimos.
Tenían sus charlas y en los descansos jugaban al “pañuelo” en el salón, yo miraba a través de las ventanas lleno de envidia por estar dentro, también en los ratos libres tomaban el sol en el patio del cementerio que ahora ocupa el bar y la casa del cura. Cierto vez, a eso del mediodía, por alguna circunstancia pude entrar en el patio y estar entre ellos, todavía recuerdo la emoción que sentí de encontrarme allí como si fuera uno de los mayores.
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| Grupo de jóvenes en el descanso de los ejercicios |
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| Fotografía de unos ejercicios de los mayores, en el centro el sacerdote, D. Rafael y el misionero |
Los casados, hombres y mujeres, por supuesto separados, celebraban los ejercicios con los llamados “misioneros”, en casi todas las casas encontramos fotos con la presencia de esos misioneros, sobre todo una que están en el cementerio echando un sermón. Al final de los ejercicios les hacían establecer un compromiso. Cierto año que una gran mayoría de hombres se comprometieron a no ir al bar por la noche se produjo un aumento considerable de embarazos, con lo que al año siguiente hubo muy buena cosecha, ahora se encuentran llegando a los cincuenta.
El domingo de ramos tenía gran importancia, había que estrenar alguna prenda y se celebraba la procesión de las palmas y los ramos. Con las hojas de las palmas hacíamos “piñas y lagartos”. El lagarto era un tubo redondo que se trenzaba con la hoja de la palma, debido a su elasticidad, si introducías el dedo, cuando querías sacarlo cuanto más tirabas, más se encerraba sobre el dedo.
Las piñas más fáciles eran cuadradas, con cuatro hojas se iban trenzando, los más hábiles las hacían de varios pisos y las más difíciles eran exagonales. A los críos nos encantaba que nos la empezaran y hacerlas y que nos regalaran lagartos.
El miércoles por la tarde se juntaban las mujeres y los jóvenes para hacer el “monumento”. Los muchachos y las muchachas íbamos a las casas a buscar macetas, maceteros, colchas y sábanas, como otros adornos que se utilizaban cada año. Se colocaba en la capilla que hay a la derecha del altar, en la parte más alta se colocaba el sagrario, con cajas y tablas se hacía un especie de escalinata en la que se colocaban macetas y candelabros. Las paredes y las escalinatas se cubrían con colchas y sábanas bonitas y en el suelo alfombras. Todo rodeado con muchas velas que los vecinos traían para bendecirlas y era visitado y elogiado, la mayoría de las veces, por los residentes.
martes, 10 de mayo de 2011
semana santa 2
Los actos centrales empezaban el jueves santo, a los críos nos producía una gran curiosidad el lavatorio de los pies, en nuestro pensamiento inocente nos imaginábamos que realmente el cura lavaba unos pies como los que nosotros llevábamos a veces en el invierno, no entendíamos como el cura se ponía a lavarles los pies a nuestros padres con los roñosos que debían estar de todo el invierno.
Al terminar la misa, como se había producido la muerte de Jesús, ya no se podían tocar las campanas y salíamos todos los niños a avisar del pregón de las siete palabras por todo el pueblo con “las carracas”. Además de los monaguillos se juntaba toda una tropelía de chiquillería, queriendo todos hacer sonar las carracas, Así nos andábamos el pueblo.
El sermón de las siete palabras era escuchado por todos los fieles o vecinos, aquellos años era, de obligado cumplimiento, el asistir a los actos religiosos. Casi siempre venía para semana santa algún “misionero” que ofrecía su sermón con mucho énfasis y lleno de grandes palabras. Con todo en semana santa caías en un estado de tristeza y melancolía que se apoderaba de toda la localidad, no se oían ni risas, ni músicas, ni alborotos, eran tiempos en los que solo cabía la pena y la oración.
Por la noche la hora santa, y al término de la misma se iniciaban los turnos de vela del santísimo. Al terminar la misa del jueves, el sacerdote abría el sagrario, en señal de su muerte, y trasladaba las formas al “monumento”, se hacía con gran solemnidad, en procesión y los hombres llevando el palio. Desde entonces siempre había gente custodiando el altísimo. Al finalizar la hora santa es cuando se introducían los turnos de vela, era realizada por los herman0s de la hermandad.
En noviembre de 1893 se forma la Hermandad de Ánimas, en 1952 se refunda la misma actualizando los estatutos que se habían establecido en un principio para ponerlos más acordes con los tiempos que corrían. En el artículo 5 de su capítulo 1º dispone lo que sigue:
“Igualmente deberán asistir todos los hermanos a las funciones de semana santa y a la confesión que tendrá lugar la noche del miércoles santo para comulgar en los oficios de jueves santo y hacer la hora de guardia al Santísimo en el monumento, no pudiendo ser sustituido, aún teniendo causa justificada, por otro individuo que no pertenezca a la hermandad.
Se procurará que haya una misión durante estos días, a saber desde el viernes de dolores, si es posible, hasta el jueves santo”.
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| Hermanos de la Hermandad de ánimas en un acto cn motivo de la visita del obispo. Al frente de la misma un hermano con la bandera de la Hermandad |
En el salón parroquial existían unas hamacas para esta noche, pus los hermanos pasaban toda la noche en él, y entre turno y turno descansaban en las mismas. Cada hora iniciaban una procesión con la bandera de la hermandad al frente, en la que acompañaban a los hermanos que les tocaba el turno, llegaban a la iglesia hacían el relevo y volvían de igual manera al salón, a descansar hasta el siguiente cambio. Si en algún momento alguien se quedaba solo en la vela, no abandonaba la iglesia hasta que no llegara otra persona, pues no se podía dejar al santísimo solo.
El viernes, a primera hora de la tarde eran los oficios, el comienzo era seguido atentamente por los niños, pues el sacerdote se tendía en el suelo y a nosotros nos traía una imagen de la muerte o parecido. En sí, era un día tétrico, se realizaban todos los ayunos y abstinencias posibles. En las casas no se ponía música, ni cualquier motivo de risa y alegría, hasta se veía mal hacer un viaje, por supuesto si era época de caza a nadie se le ocurría salir. Después de los oficios todo el pueblo quedaba tranquilo y silencioso. Por la noche se realizaba el vía crucis por las calles. Procesionaban la virgen y el cristo y se cumplían las estaciones que estaban marcadas con cruces en las calles. Participaba mucha gente y ponía fin a los actos más doloridos de la semana.
Durante el sábado se desmontaba el monumento y a las doce de la noche se celebraba la misa de resurrección. Se prendía un fuego en la puerta de la iglesia, del que se encendía el cirio pascual, en procesión se entraba en la misma, con todas las luces apagadas, continuando así hasta el rezo del gloria, que era el momento en que se producía la resurrección y se encendían las luces. Se acababan las penas y penurias de la cuaresma y volvía la alegría.
Hablo de los primeros años sesenta. Entonces la costumbre era que los domingos comulgara no mucha gente, mujeres, niños y algún hombre. Estos lo hacían, como se decía por pascua florida. Ya habéis visto en la redacción de ese artículo 5 de la hermandad que, entonces en semana santa comulgaba todo el pueblo, era obligado. Como había que confesar se formaban pelotones de hombres para hacerlo, después se hacían bromas sobre lo que se confesaba. Era curioso ver las filas para comulgar con todos los hombres en la misma cuando en todo el año no lo habían hecho en ninguna ocasión. Eran otros tiempos y otras circunstancias.
lunes, 25 de abril de 2011
La escuela
Quiero escribir de cómo era nuestra escuela, la de los niños. Estaba situada en la casa que vive el inglés. Tenia la misma entrada con la misma cancela, en la que en el invierno esperábamos la hora de entrar, todos apretujados, protegiéndonos del frio y jugando a ver quién podía juntar las yemas de los dedos. A las diez entrábamos, pasado el umbral de la entrada, a mano izquierda estaba la puerta de acceso a la clase.
Desde la misma, a la izquierda había cuatro filas de pupitres unidos, con un gran banco desde la pared hasta la altura de la puerta, a veces se utilizaba el último banco para atrancarla y que no se abriera. En cada fila se colocaban 5 o 6 niños. El pupitre era una especie de mesa larga y estrecha, tenía una parte alta, plana, donde se ponían los lápices y que conservaban el orificio donde se colocaban los tinteros de cuando se escribía con pluma, cuando yo entré en la escuela todavía se usaban, pero cuando llegué a utilizar la tinta ya lo hacíamos con bolígrafo. Después una tabla inclinada para poder escribir más cómodos y articulada con la superior para poder levantarla que daba acceso a un cajón, donde guardábamos la cartera y en algunos casos la merienda. Alguna vez, un alumno metió un grillo en el pupitre y se revolucionó toda la clase.
Cuando terminaban las hileras de pupitres había dos mesas cuadrangulares, también ocupadas por alumnos, seis u ocho en cada una, el espacio había que compartirlo para que cupiésemos todos, estas mesas se situaban a la altura de la ventana y a la derecha, en la pared estaba la pizarra, de madera y ya bastante perjudicada servía para las explicaciones de las lecciones, dónde nos ponía los deberes y para salir nosotros a las cuentas y a resolver los problemas que nos mandaba para casa.
Hasta aquí la primera parte de la sala, Unos pilares rectangulares y adosados a la pared servían de pórtico a un nuevo espacio dominado por la mesa del maestro, colocada encima de una gran tarima desde la que se dominaba toda la estancia. En la tarima a veces nos sentábamos los más pequeños alrededor de la mesa cuando el maestro nos contaba alguna leyenda de la historia sagrada o de España, las dos estaban más cerca de la fantasía de los cuentos que de la realidad. Esta tarima era rodeada por los mayores cuando salían a dar la lección, alrededor de ella se disponían en orden al saber, el maestro empezaba preguntando al primero, cuando no se sabía algo pasaba al siguiente de la fila, así hasta que alguno sabía la respuesta y adelantaba en la cola hasta pasar al primero que había fallado. Cuando alguno conseguía pasar del último al primero, el afortunado paseaba, todo ufano, delante de todos hasta el primer puesto.
Mirando desde la entrada a la mesa del maestro, a la izquierda al lado de la misma había dos bancos formando esquina, en los que se sentaban los más pequeños. Nos pasábamos toda la mañana y la tarde haciendo lo que se denominaba “palotes” y caligrafías sencillas que nos ponía el maestro, cuando avanzábamos un poquito ya pasábamos a pequeños copiados. El maestro “nos daba” todos los días de leer y escuchábamos las explicaciones a los mayores y observábamos como se desarrollaba la clase diariamente.
A la derecha del armario estaba el espacio, como de almacén, lo presidía un armario donde se guardaba todos los papeles de la escuela y el material de clase. Al lado los mapas, la estufa y diverso material del aula. También se guardaba el saco de la leche en polvo, que una vez a la semana nos repartía el maestro y que nos encantaba meter el dedo mojado en la misma y chupárnoslo, esta leche era de la “ayuda americana”, que tan bien quedó retratada en la película: “Bienvenido Mister Marsall”.
El suelo de la escuela era de un cemento, ya bastante deteriorado, por lo que en ciertos sitios se había convertido en tierra. Las paredes se recubrían de mapas t diferentes láminas. La luz nos entraba por una gran ventana, en medio del aula a la izquierda y está de más señalar que no había luz eléctrica por lo que en los días muy nublados se nos hacía difícil ver.
Las clases eran de lunes a sábado, sí leéis bien, el sábado y completo. Los jueves por la tarde no había clase y el domingo tampoco.
lunes, 11 de abril de 2011
infancia
Quiero empezar escribiendo de nuestra infancia, la escuela y los juegos. En los años 60, la escuela de niños y niñas, separados claro, estaba en la casa en la que actualmente vive el inglés y que hemos llamado de Virginia o de Francisco de los Almagreros. En planta baja estaba la escuela de los niños y la casa del maestro, en la parte alta la de las niñas y la vivienda de la maestra.
A la hora del recreo disponíamos realmente de todo el pueblo, pero casi siempre el recreo se concentraba en la puerta de la escuela. Las niñas se colocaban más delante de la casa, en la puerta de Isabel y delante de las cocheras de los panaderos. Los niños utilizábamos más el espacio delante de ls apartamentos que entonces conocíamos como la casa del cura. Muchos días nos desplazábamos a la explanada delante de lo que era el molino y la porchá de José Manuel. Allí jugábamos al frontón en la pared de la casa de Doña María y al “marro”. Una especie de pilla-pilla, se colocaban dos equipos frente a frente teniendo de referencia dos piedras, como formando una portería. Salíamos desafiantes al espacio entre ambos y se trataba de salir a coger al contrario, a la vez otro del equipo contrario salía a coger al perseguidor y así sucesivamente. El que podía coger era el último que había abandonado su línea. Los que eran cogidos quedaban como presos en las piedras del contrario y entonces se trataba de liberarlos llegando hasta la portería contraria y tocándoles, cuando esto ocurría, los presos corríamos entusiasmados hasta nuestra parcela saltando de alegría y vuelta a empezar.
Eran días de felicidad, para el juego continuo diario se llevaban los barrios, de la calle mayor hacia arriba y hacia abajo. Pero en los grandes juegos se rompía y nos juntábamos todos. Estos casos eran para jugar a la “guerra” y al fútbol. Si la guerra era de pistolas nos encontrábamos muchas veces en los alrededores de la iglesia, pero si se trataba de espadas el lugar preferido es la vaguada que había, y que ahora atraviesa la carretera, entre los dos cerros, donde estaban las casas y el cerro de enfrente, de los almendros. Cada bando nos situábamos en uno de los cerros, y bajábamos hasta la vaguada montados en nuestros hipotéticos caballos, marcialmente formados y convencidos de ir a la gran lucha. Cuando llegábamos a la vaguada se producía la lucha, cada uno buscaba a un contrario al que pensaba que podía ganar y si eras tocado debías permanecer en el suelo, perfectamente muerto hasta que se declaraba un bando vencedor.
El fútbol lo practicábamos en las eras, la más utilizada era la de al lado de la gasolinera, la llamábamos la de Rafael de la María Josefa, donde ahora están los chalets. Pero en los días importantes íbamos al prado, en lo que llamamos “Las ollas”, ahora cultivado pero en aquellos años sin labrar y a nuestra entera disposición. Nosotros llenos de fantasía, soñábamos que jugábamos en un gran campo de césped.
Otro juego que alcanzó gran popularidad y “profesionalidad” entre nosotros, los niños, fueron lo toros. Se dieron dos circunstancias, Bernardo, hijo de Antonio el Zaque, se fue de “maletilla” regresando al tiempo y contándonos sus aventuras. Además las tardes de toros iba todo el pueblo a ver la televisión. Y nosotros jugábamos a emular a los Diego Puertas, El Cordobés o Paco Camino. Fabricábamos muletas, banderillas, estoques, todo el material necesario para celebrar una corrida, público que pedía las orejas. Éramos toro, torero, picadores, caballo de picador, banderilleros. Recuerdo que en una era que había encima de la casa que era de Prudencio, el padre de Eufemio y Ricardo, había carros y algunas tablas y los pusimos para formar un auténtico ruedo. Como digo íbamos haciendo también de toro y nos enfadábamos cuando salía alguno que era más borde de lo normal, claro todos buscábamos el lucimiento y alguno salía con ganas de cogerte y hacerte la puñeta.
Recuerdo aquellos años como de felicidad. Aunque entre nosotros siempre podían surgir pequeñas “peleillas”, al momento estábamos de nuevo jugando todos juntos. Dominábamos todos los espacios del pueblo y cada día que empezaba era un proyecto de alegría y felicidad.
sábado, 1 de enero de 2000
¡Hola a todos!
Este lugar nace con la idea de convertirse en un espacio donde Topares sea el eje central. Sus gentes, sus tierras, sus costumbres, su historia, todo aquello que nos permita conocer, cada día, un poco más de nuestra tierra. Recordar y perpetuar a aquellas personas que con sus actuaciones, sus acciones, sus proyectos de vida, le han ido dando forma y estructura a la idiosincrasia y particularidad de topares.
Este nace nace con la idea de sumar, de portar conocimientos, experiencias y puntos de vista, miradas desde las diferentes posiciones. No nace con la idea de que se convierta en un foro de discusión, ni de plataforma reivindicativa. Solo se trata de no perder en el olvido nuestra historia reciente, que en un futuro quede una constancia de nuestro paso por esta tierra, de cuales han sido sus habitantes en el tiempo.
Siguiendo la dinámica de un blog a cualquier artículo le podemos añadir comentarios, que aparte del comentario como tal, también puedan ser aportaciones que completen aquello que se ha escrito. Además me comprometo a incluir en el bllog aquellos artículos que me lleguen a través de mi coreo electrónico (alfonsorobles@hotmail.es) con un mínimo de interés, así como a su corrección en forma y estilo para aquellos con dificultades en expresarlo por escrito. Igualmente si alguna persona quiere aportar su saber y sus dificultades para escribirlo le impiden decidirse a ponerlo en conocimiento de todos, me ofrezco a que a través de conversaciones darle forma y subirlo al blog. También son interesantes las fotografías que puedan reforzar e ilustrar el artículo correspondiente.
El blog nace con un idea central e inicial: Topares, pero sin ponernos límites en el progreso, llegaremos hasta donde nosotros mismos seamos capaces de avanzar. Lo creo con mucha ilusión. Hay muchos topareños y topareñas que conocen, que saben experiencias, actuaciones, en definitiva que tienen muchas cosas que contarnos, y que solo falta que quieran y se atrevan a compartir con todos sus conocimientos.
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